Germán Vargas Farías

La Semana Santa es para muchos sinónimo de fiesta, turismo y diversión. Es, posiblemente, el único período del año con tantos días de descanso juntos. Entonces, dicen, hay que aprovecharlo y pasarla bien.

No quiero ser aguafiestas, ni hacer un sermón de esta nota, pero permítaseme  una breve reflexión sobre lo que creo es el verdadero sentido de la Semana Santa.

Para los cristianos la Semana Santa nos ofrece una ocasión para conmemorar el amor de Dios, evidenciado a través de la entrega de su amado hijo por personas no dignas de semejante sacrificio.

Entendemos la Semana Santa como la interpelación de Dios a aquellos y aquellas que creemos en Él, que decimos ser sus hijos e hijas. Nuestro Padre  nos reclama una práctica radical, que no se conforme con la injusticia, con el abuso del poder, con la pobreza, ni con la exclusión.

El Dios al que me refiero es el de la Biblia, aquél que aborrece la hipocresía de aquellos que agotan su fe en una semana, y está harto de cristianos y cristianas que quedan impasibles ante tanto dolor, y que creen que largos y rutinarios rezos les da licencia para seguir observando indiferentes el atropello a la dignidad de las personas.

Jesús no entregó su vida por nosotros para que hagamos de nuestra fe un espectáculo que se pone en cartelera los domingos y en fechas como la Semana Santa. Él, que experimentó el dolor de la traición, el desamparo y la mayor humillación, y que lo hizo por amor a cada uno de nosotros, no se contenta con expresiones de sensiblería inútil. Su pedido es radical, es decir no admite objeciones: que nos amemos los unos a los otros y, como sucede en la parábola del samaritano, que ya no sigamos pasando de largo.

En la Semana Santa conmemoramos el amor de Jesús, pero también recordamos la traición y negación de muchos de los que anduvieron con Él, le conocieron, y le vendieron o traicionaron. Se ha manifestado el amor de Dios, pero también la fragilidad de los seres humanos.

Y entonces vemos a Judas en personas, y particularmente en clérigos de diversas denominaciones, que traicionando al maestro solidario con los pobres, le explotan y se sirven de él para satisfacer su codicia.

Hoy venden a Jesús los que entregan a los más vulnerables, les quitan o regatean sus derechos, por ignorancia o mero prejuicio. Aquellos que son capaces de organizar marchas multitudinarias exacerbando odios y manías, pero tan ineptos y renuentes para amar.

Hoy niegan a Jesús los que se llenan la boca de Dios, pero lo reducen hasta hacerlo semejante a sus taras y caprichos. Los doctores en teología cuya soberbia les impide entender que Dios es, esencialmente, amor. Y que, por eso mismo, reprueba a quienes contradicen con sus actos la fe que proclaman.

Pero, hay que repetirlo en días como estos, Dios es amor y sus planes no están condicionados por nuestra debilidad. Podemos creer que las cosas no tienen que ser así, y la Semana Santa puede ser propicia para el cambio y el arrepentimiento.

No en vanos celebramos a un Cristo que resucitó, que venció a la muerte, y que nos desafía a cultivar un amor como el suyo, paciente y perseverante.