Germán Vargas Farías

Estaba en el mitin de cierre de la campaña municipal de 1980 cuando le oí decir a Alfonso Barrantes Lingán, entonces candidato a la alcaldía de Lima por Izquierda Unida, una de las frases más impactantes que he escuchado en la política peruana.

No era, obviamente, una proposición suya, sino un dicho atribuido al filósofo griego Aristóteles cuando, según se cuenta, alguien le llamó la atención por contradecir a su maestro Platón. “Soy amigo de Platón, pero más aún de la verdad”, repitió esa noche Alfonso Barrantes, y los presentes celebramos con entusiastas aplausos sin entender cabalmente, quizás, lo que nos quería decir en medio de una contienda política el buen “Frejolito”.

Barrantes no logró ser alcalde aquella vez, pero nos dejó una muy grata impresión de sencillez, lucidez y coherencia que fue reconocida hasta por muchos de sus más acérrimos adversarios políticos.

Nunca le escuché negar a Barrantes su condición de político, y fue la fidelidad a sus ideas y su lucha consecuente la que hizo que lo encarcelaran y más tarde enfrentara con dignidad, y desde su militancia socialista, la miseria de la política peruana, la de sus opositores, pero también la de muchos de sus partidarios.

Elegido alcalde Lima en las elecciones de 1983, ejerció el cargo entre los años 1984 y 1987 con eficiencia y enfocándose en la atención de la población más vulnerable, instalando comedores populares y creando el programa del Vaso de leche que tanto bien hizo a los niños y niñas más pobres de Lima.

Lo que hizo más significativa y trascendente su gestión como alcalde fue, evidentemente, que lo hizo honradamente. Henry Pease, el destacado intelectual y político peruano de izquierda que fue su teniente alcalde, subrayaba que nadie pudo presentar una denuncia contra la gestión de Barrantes, quien demostró que el camino de la honradez es el único que tiene vigencia.

Ojalá lo hubieran entendido así otros y otras que siguieron sus pasos, o que pretendieron hacerlo.

“Soy amigo de Platón, pero más aún de la verdad”

Vuelvo al dicho de Aristóteles, que Alfonso Barrantes rememoró aquella noche, para decirnos que nuestro compromiso debe ser con la verdad, principio que está por encima de cualquier interés o relación afectiva.

Lo traigo a colación a propósito del caso de Susana Villarán, la exalcaldesa de Lima contra quien el juez Jorge Chávez Tamariz dictó 18 meses de prisión preventiva por la recepción de aportes ilegales de las empresas Odebrecht y OAS.

“Declaro fundado el requerimiento del Ministerio Público […] y se impone la prisión preventiva a Susana Villarán por los delitos de asociación ilícita para delinquir, cohecho pasivo y lavado de activos, en agravio del Estado por un plazo de 18 meses”, ha resuelto el juez en la audiencia realizada ayer.

Ha sido la crónica de una detención preventiva anunciada. La misma Susana Villarán reconoció días antes que tuvo conocimiento sobre los aportes de Odebrecht y OAS a las campañas por la no revocatoria y para su reelección, aunque niega haber cometido un delito.

En el mensaje “Hoy quiero decirles una verdad” que difundió a través de sus redes sociales, dice que “El momento grave que vivía la ciudad hacía necesario que la campaña ciudadana que movilizó a miles de personas se fortaleciera con publicidad política de gran nivel”, y había que “impedir que la mafia política se apoderara de la Municipalidad de Lima, entrando por la puerta falsa”.

Susana Villarán, hay que reiterarlo, enfrentaba un proceso de revocatoria, y aunque es cierto que lo que estaba al frente era una mafia en la que asomaban rufianes de distinto pelaje, es inadmisible que contendiera con ellos asociándose a otra mafia.

Ha pedido perdón Susana Villarán a todas las personas a quienes no pudo decirles antes la verdad, y pienso en aquellas que le creyeron y que se la jugaron contra una pretensión de revocatoria realmente injusta. Estuve entre esos miles de ciudadanos y ciudadanas que, al hacerlo, creyeron respaldar a una persona que representaba la antítesis de los malhechores que tanto daño ocasionaban a Lima y al país, no queda más que reconocer que aquello fue un fiasco.

He evocado a Alfonso Barrantes Lingán, porque en este tiempo de incongruencia y mancilla es necesario decir que las cosas pueden ser de otro modo, que izquierda no tiene que ver con frivolidad, que la política se afirma con la verdad, y que es posible ejercer la función pública con eficiencia y dignidad.

“Nuestro compromiso debe ser con la verdad, principio que está por encima de cualquier interés o relación afectiva”