Germán Vargas Farías

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política, de querer, leer en los diarios, y de escuchar y mirar en la radio, televisión y redes sociales, tan solo buenas noticias.

Vuelvo a la vieja práctica de parafrasear a Vallejo, para reflexionar con ustedes sobre eso que seguramente más de una vez han dicho, ¡estamos hartos de malas noticias!.

Precisemos, sin embargo. Estoy seguro que usted, como yo, no está proponiendo que se oculte la realidad, y es importante ser muy claros al respecto. Uno revisa los diarios de los últimos días, por ejemplo, y lo que ve es que más de mil niños, niñas y adolescentes denunciaron violencia sexual en sus colegios, y en cerca de 500 de esos casos los agresores fueron sus profesores. Son datos oficialmente recogidos y, puede usted creerlo, las cifras se quedan cortas.

Escucha o mira los noticieros en la radio y la televisión, y se entera que mientras en el mundo asesinan a seis mujeres cada hora, y en el Perú se registran 127 feminicidios en lo que va del año, aquí una cuadrilla de cacasenos y cacasenas la emprende contra el enfoque de género porque, según dicen, homosexualiza a sus hijos.

Noticias como esas, o como el blindaje a impresentables como Edwin Donayre, Héctor Becerril, Moisés Mamani o Pedro Chávarry, por parte de un Congreso dominado por una mayoría tan maleada como los mencionados, no se pueden, ni deben, ocultar.

¿Qué hacer entonces para no quedarnos con la sensación de que todo está podrido, y cómo se hace para ponerle pausa al asco que producen esos que se esconden y envilecen el asilo, y pretenden que su cobardía es una virtud?. Es que podemos estar hartos de malas noticias, pero es muchísimo mayor el hartazgo que sentimos por tanta pillería e hipocresía.

Pero había hecho una pregunta, o dos, y quisiera intentar una respuesta. Me parece que parte de la clave radica en afirmar que existen corruptos, violadores y asesinos, pero somos muchos más las personas que respetamos a nuestro prójimo, sea hombre o mujer, niño, niña o adulto, nacional o extranjero, y aunque no nos gusten sus ideas, simpatías o costumbres.

Recuerdo siempre el mensaje del presidente de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, Salomón Lerner Febres, al momento de entregar el Informe Final, haciendo referencia a la vergüenza y deshonra de la que se habla en sus páginas, pero también a los actos de coraje, gestos de desprendimiento y signos de dignidad intacta que, dijo, “nos demuestran que el ser humano es esencialmente magnánimo”. Aun en circunstancias tan dramáticas, como las que experimentamos en las dos décadas finales del siglo XX.

La noticia, como la historia, no puede ser reducida a la vileza. Y hay logros, buenas prácticas, gente decente, que merece tener mejor prensa. Muchos recordaremos la navidad pasada como la oportunidad que un traidor utilizó para otorgar, indebidamente, el indulto a un dictador. Recordaremos esa fecha, además, porque dejamos la reunión familiar en casa para salir a la calle a protestar por tal infamia. La noticia fue la traición de PPK, pero fue también la marcha digna de miles de personas clamando por justicia, y rechazando la impunidad.

Las buenas noticias, entonces, ocurren, y las construimos cada día cuando denunciamos la corrupción, rechazamos el machismo y la violencia que se perpetra contra niños, niñas y mujeres, y cuando respaldamos a quienes, desde el Estado o cualquier otra institución, se esfuerzan, y hasta pelean, para limpiarlas de modo que cumplan su servicio respetando, y haciendo que se respeten, los derechos de la gente. Las buenas noticias, como verá, ocurren, y siempre tendremos la oportunidad de ser los protagonistas.

“Las buenas noticias, entonces, ocurren, y las construimos cada día cuando denunciamos la corrupción, rechazamos el machismo y la violencia”