Hace unos días tus hermanas me invitaron a celebrar tu cumpleaños y asistí con mucho gusto. Allí, en el local donde hicimos tu fiesta, hablamos bastante de ti.  Tus hermanas nos contaron detalles tuyos de cuando eras niña, luego adolescente y más tarde joven.

Dijeron, por ejemplo, que eras muy aplicada en el colegio, solidaria, y que siempre tuviste muy claro tu anhelo de servir, de ayudar a otros, así como de la importancia de prepararte para hacerlo. Quisiste estudiar en la universidad y saliste de tu tierra con destino a Lima con ese propósito. No fue fácil dejar la casa, tu familia y tanta gente querida.

Eras la más pequeña de la familia, la menor de tus hermanas, y puedo imaginarme lo duro que fue para tu padre y para tu madre despedirse de ti.

Escuchando a tus hermanas, recordé el día que viajé a la capital con la misma intención, estudiar. Allí estaba papá tratando de disimular su tristeza, y mamá revelándola con sus lágrimas.

Desde entonces, y hasta antes de su muerte, les visitaba al menos una vez por año, y cada vez que me tocaba retornar a mi nuevo domicilio, mi madre me despedía entristecida y más de una vez me llevé el sabor a lágrima de aquellos sus besos de despedida.

Empecé a comprender, entonces, lo mucho que puede doler la ausencia de un hijo, el alejamiento de una hija.

Pero esta historia no es sobre mí, sino sobre ti, querida Frida. Discúlpame, sin embargo, la pretensión de relacionar tu vida con la mía.

Y es que allí, celebrando tu cumpleaños, descubrí que eras de mi edad, ¡qué chiquillos! Me enteré que caminamos por las mismas veredas de San Marcos, participamos juntos en dos o tres marchas, viajamos apretujados en el “burro” y nos servimos el mismo menú hasta quedar satisfechos, unas veces por la comida, casi siempre por el entusiasmo que se podía respirar en la “muerte lenta”.

Teníamos mucho en común, querida Frida. Sin embargo, y resulta difícil explicar o entender la razón, tu vida y la mía no tuvieron el mismo destino.

Yo seguí regresando a casa, y despidiéndome de la familia, y viendo a mi madre llorar, y sintiendo de tantas maneras su amor, y a ti, Frida, hubo un momento en que de todo eso te privaron.

Tus hermanas me contaron las veces que te esperaron. Cada día, al alba o por la tarde, cuando tocaban la puerta de casa o sonaba el teléfono (mejor dicho, siempre), tuvieron la esperanza de tu retorno.

¿Dónde estás, Frida?, ¿adónde te llevaron?

Lo siento, te escribo porque quiero contarte lo bien que la pasé en la celebración de tu cumpleaños. En serio, no quiero importunarte. No te fuiste, te quitaron. Estabas, ¿sí!, estabas, y sé que vivías, servías y gozabas. Pero unos malditos aparecieron, y te desaparecieron.

Mucho tiempo ha pasado y nadie te ha olvidado, Frida. Tienes que saberlo. Tal es así que comimos torta y bocaditos de tu tierra en tu cumpleaños, brindamos con un vino dulce y rojo por tu vida y tu presencia, y grabamos tu nombre en un amable árbol.

“Te escribo porque quiero contarte lo bien que la pasé en la celebración de tu cumpleaños”