Germán Vargas Farías

Cambiar para que nada cambie.- Los cambios anunciados en el fujimorismo, que precedieron a la detención preventiva de Keiko Fujimori, y que luego se han materializado impúdicamente, son realmente alucinantes. Menciono dos. Nombrar a Carlos Tubino como vocero de su bancada en el Congreso, con los groseros antecedentes que se maneja; y a Luz Salgado, la asidua visitante de Vladimiro Montesinos en la salita del SIN, como secretaria general de Fuerza Popular, revela la miseria de su liderazgo hoy, o el cinismo de una organización que pareciera querer acelerar su hundimiento.

Son cambios como esos que lamenta la ex congresista fujimorista Luisa María Cuculiza, cuando dice “que me hayan cambiado por [Moisés] Mamani me duele en el alma”, que parecen expresar lo que el fujimorismo entiende por cambio o renovación, y que sustentan la convicción de quienes creen y afirman que el fujimorismo no cambiará.

Oye, te hablo (escribo) desde la prisión.-  Cuando se tiene la credibilidad por los suelos, victimizarse, y la carcelería, no aseguran la posibilidad de revertirla. Aún cuando apele a lastimeras cartas escritas desde su actual residencia, el penal anexo de mujeres de Chorrillos, Keiko Fujimori debe haberse dado cuenta ya que algunos de sus gestos, y los de su esposo, Mark Vito, pueden, contrariamente a lo que pretenden, resultar patéticos.

En  ese contexto  se ha conocido la opinión de Rosa María Cifuentes, especialista en grafología y lenguaje no verbal, quien del análisis de una  carta manuscrita por la líder de Fuerza Popular, concluye que siempre busca el asesoramiento de personas con poder porque le cuesta tomar decisiones -podemos llamarle inseguridad- añadiendo que otro rasgo de la personalidad de Keiko Fujimori es la frialdad.

 Si nos atenemos a la toma de distancia que algunos de sus acólitos en el Congreso hace rato manifiestan,  lo más probable es que Keiko ya canturrea ese tema musical  que nunca pasará de moda entre la población penitenciaria: Para mi no existe el cielo, ni luna ni estrellas, para mi no alumbra el sol, pa’ mi todo es tinieblas, ay ay ay que negro es mi destino, ay ay ay todos de mi se alejan, ay ay ay perdí toda esperanza, ay a Dios sólo llegan mis quejas.

El número sorpresa.- Ni tanto, que digamos. Ha sido animador, estrella principal, titiritero, malabarista, escupefuegos, y hasta payaso del circo fujimorista, de modo que su presencia se ha advertido siempre tanto o más que su ego.

Ya saben a quien me refiero. Aquel que escribió:  “El presidente y su primer ministro, después de encarcelar a Keiko Fujimori, exigen al Congreso expulsar al fiscal de la Nación. Han politizado la justicia. ¿Es un golpe?”, está hoy, y ¡por fin!, a punto de ser interrogado, e investigado, en serio.

Acostumbrado a jugar siempre de local, y con sus barras bravas atemorizando a todo el mundo, Alan García no puede disimular el miedo que tiene de enfrentarse a un fiscal que ha demostrado independencia, sagacidad y firmeza. Por eso es que ya ha intentado que se excluya al fiscal José Domingo Pérez de la investigación, y por eso su defensa cerrada del Fiscal de la Nación, Pedro Chávarry.

García siempre hizo política atribuyéndole a otros sus propios defectos. Esa proyección psicológica —y patológica tal vez— contó durante mucho tiempo con la connivencia de entidades y personas que logró seducir y someter. Hoy pareciera que el encanto terminó, y somos millones los que esperamos el final feliz cuando acabe la función.