Teresa Chara de los Rios

Cómo duele saber que la violencia sexual contra niñas y niños no para. El Ministerio de la Mujer, a través del Centro de Emergencia Mujer, durante el 2017, reporta que atendieron un total de 6,030 mujeres y 563 hombres, entre las edades de 0 a 17 años de edad, quienes fueron víctimas de violencia sexual. Eso nos indica que, en promedio, 18 niñas, niños y adolescentes diariamente, son violentados sexualmente.

Estas cifras no siempre reflejan la realidad, sino percibimos que es mayor, pues no todas las agresiones sexuales fueron atendidas por el CEM, ni tampoco han sido denunciadas por los familiares, manteniéndose ocultas, debido a que el agresor es un familiar o amigo cercano y sienten vergüenza delatarlo o dependen económicamente de éste, entre otros.

La problemática del abuso sexual infantil no es nueva, se viene dando a lo largo de la historia, sin distinguir clases sociales o religiosas. Aun en tiempos actuales, todavía se guarda en secreto y el abusador, gana confianza ante la impunidad, volviendo a repetir con otros niños o niñas, generalmente del entorno familiar o vecinal.

Somos las personas adultas quienes tenemos la responsabilidad de brindarles una vida segura a nuestros niños y estar alertas de cualquier síntoma, sin embargo, también somos los adultos quienes, conociendo estos hechos, lo callamos, convirtiéndonos en cómplices de uno de los más repudiables delitos, tal es el caso de la niña que fue recientemente víctima de abuso sexual y calcinada.

La profesora mintió al declarar que la niña no asistió ese día a clases, cuando las cámaras de video muestran lo contrario. Callar nos hace cómplices, mucho más cuando pertenecemos a una institución que por derecho debe resguardar la integridad de las personas. ¿Qué sanción debe merecer esta profesora y los demás integrantes de la Comisaría quienes también mintieron? No debe quedar impune y pasar de la noticia mediática al olvido, como tantas veces ha ocurrido.

Las causas del abuso sexual son múltiples. Los factores que conducen a una persona abusar sexualmente de una niña o un niño, va desde causas socioculturales, familiares o individuales.  Es más, en algunas culturas, la familia cree que, son los padres quienes tienen derecho a iniciar sexualmente a sus hijas.

Consumir pornografía infantil también resulta un poderoso estimulador sobre los deseos sexuales hacia los niños. Si usted siente tendencia por ver este tipo de videos o es de los que consumen permanentemente este tipo de productos, se sugiere que pida ayuda a un especialista, porque probablemente esté en camino de ser un potencial agresor sexual infantil.

Según manifiesta la psiquiatra Sahika Yuksel, los hombres no violan por satisfacer sus necesidades hormonales. La violación, para estos hombres, no es un acto sexual, sino una agresión que está relacionada con la voluntad de ganar. Para Sahika, se trata de ejercer el control sobre el objeto – que en este caso es la otra persona – cualquiera sea su edad, se convierte en ese objeto que le da poder.

En una entrevista que dio el Dr. Rafael Salin-Pascual, Profesor Titular del Departamento de Psiquiatría. Facultad de Medicina Universidad Nacional Autónoma de México, indica “que el interior del cerebro de un violador… Si tomamos en cuenta que el cerebro es el órgano sexual por excelencia donde la imaginación desempeña un papel relevante de la actividad sexual, nos percatamos que en el caso del violador las fantasías de control, dominación, humillación, dolor, daño, violencia y éxtasis sexual, se combinan para lograr sus objetivos. A fin de cuentas, estos sujetos requieren de todos esos elementos para eyacular, sus orgasmos exigen víctimas. En la actividad criminal del violador existe una interacción de fantasías de agresión, violencia y sexo que se conjugan para ponerse en marcha; el violador encuentra su máximo placer al lograr dolor y humillación en sus víctimas.”

No estoy de acuerdo con que el Perú es un “país de violadores”, pero si creo que la salud mental merece relevante atención. Necesitamos urgentes políticas públicas con presupuesto. Más que obras en infraestructura, debemos apostar primero por las personas.

Me quedo con la impotencia y el coraje de ver que esta situación no cambia y que nuestros niños y niñas no solo son víctimas de violencia sexual, sino además, es el propio Estado que los re-victimiza con su indiferencia y falta de rehabilitación, pero sobre todo, me duele que cada uno de nosotros, sabiendo un caso de éstos, no lo denunciemos.