Mario A. Malpartida Besada

Debió de haber sido  a fines del invierno de 1997. Visitábamos La Calesa, antiguo piano bar frente a la plazuela de Santo Domingo, del buen amigo José (Oché) Salazar, muy propicio para la música, la bebida y el parloteo, pura literatura por cierto. Piano y su banco, a un costado; guitarras, charangos, mandolinas, en la pared; tragos cortos, medianos y largos, en los anaqueles; escritores, aspirantes y cultores del arte de empinar el codo, en la mesa. Cada escritor solo podía hablar en su tanda, es decir durante el consumo de su pedido. Los poetas se pedían de dos en dos, que les daba tiempo suficiente para la lectura de un poema, previo emocionado testimonio de parte; los narradores tenían que hacerlo de cuatro en cuatro, y a veces repetían, para no quedarse en la mitad de su biografía o de su cuento.

Le llegó el turno a uno de los jóvenes poetas de entonces, aún inédito, feliz e indocumentado. Escanció el vaso que acariciaba entre manos,  se puso de pie tembloroso, sacó unas hojillas de su maletín de joven catedrático, miró al ruedo, buscó arañas en el techo, ojeó su papel mecanografiado, se sirvió generosamente un nuevo vaso, teniendo en cuenta que estaba en su tanda y la cerveza era suya, enjuagó su voz con un sorbo bien sostenido, pidió permiso con una inclinación y empezó a leer un poema que, paulatinamente, fue dejando anonadado a todo el mundo ahí presente, o sea el parnaso en pleno, sobre todo cuando llegó a estos versos: “Mi casa/ Cómo puede la soledad/ quebrantar con tanta infamia/ la alegría aquí habida”. Sí, pues, por eso la pregunta: “Cómo puede el poeta, con tan pocas palabras remecernos lo más recóndito del alma”.

Sí, era  Andrés Jara Maylle, a la sazón con treinta y tres añitos bien puestos y bien vividos, colocándose al lado de esos grandes poetas que consagraron el tema hogareño, la casa paterna y el entorno familiar como muestras de lo más entrañable que le queda al individuo, por los siglos de los siglos amén: Valdelomar, Vallejo, Calvo, Cárdich. Veamos: “La misma criada pone, sin dejarse sentir,/ la suculenta vianda y el plácido manjar;/ pero hoy no hay alegría ni el afán de reír.// que animaron antaño la cena familiar” (Valdelomar); “Hay soledad en el hogar, se reza;/ y no hay noticias de los hijos hoy” (Vallejo); “Y si encontrarais llorando a la alegría/ océanos y océanos de arena,/ preguntadle/ por todos/ y llegaréis al cuarto del poeta” (Calvo); “La casa solariega/ cuya puerta abrías sin recelo/ para que los peregrinos del crepúsculo/ encontraran la leve tregua de una sombra” (Cárdich).

Esos versos de Andrés Jara que hicieron vibrar por dentro a la bohemia intelectual de la época, en uno de los tanto viernes culturales de los 90, avivaron emociones y promovieron furtivas lágrimas entre los adictos a la nostalgia, por lo más entrañable que conserva el individuo,  por la edad o por la lejanía, que es la casa paterna, pertenecen al poema “Entonando un retorno” incluido en el libro Entonando retornos (Huánuco, Cauce ediciones, 1997) que, luego de 20 años reaparece como una renovación de sus votos poéticos, aun cuando sean de porcelana, y para encandilarnos nuevamente, en una edición conmemorativa (Lima, Concierto Animal Editores, 2017).

Fue el primer libro orgánico de Andrés Jara Maylle, mucho antes de convertirse en el Mélojov de la poesía huanuqueña, y con el cual migró de esperanza a realidad, pues se convirtió en el baluarte de una nueva generación de poetas. Está organizado en tres secciones, cada una de las cuales explora la línea temática planteada en el título (poético en sí mismo), pero desde tres instancias diferentes: los desencuentros del tiempo (Primer retorno); los desencuentros del hogar (Segundo retorno); y los desencuentros del amor (Tercer retorno).

En el primer retorno asume su posición con la entereza del hombre que sabe que su fortaleza está en su capacidad de sentir. “Yo no sé mediante qué cuitas/ llegué aquí/ a tropezarme con la esplendidez/ de un Humano Sentimiento”.  O: “y poso mis pies y mi sonrisa/ sobre tu suelo/ para sentir con más hondura/ la dulce sutileza de sus piedras”. De esta manera se enfrenta al tiempo “devastador de ilusiones, frágil ancla olvidada en la mar serena”.

En el segundo retorno aparece como un faro iluminando el libro desde el centro de la mar serena, levantado sobre alguna isla mágica tal vez, “Entonando un retorno”, aquel que instauró un respetuoso silencio de emoción, en La Calesa del 97. Si bien el poemario es homogéneo en su derroche de lirismo, para nuestro gusto este es el texto más representativo y que revela, en su esencia, el imperio de la poesía para expresar sentimientos, de la mano de un buen poeta, naturalmente.

En el tercer retorno predomina el amor, sobre todo aquel que hiere por la distancia y las desilusiones: “cuando yo en el norte/ tú en el sur/ cuando yo en el este/ tú en el oeste. La geografía aquí solo es una metáfora que marca distancias inalcanzables.

De esta manera, Entonando retornos se convirtió, en su momento, en el más grande tributo poético que se le había hecho a la nostalgia. Por ello nos conmueve tener nuevamente entre manos este libro para su relectura y anhelar otra vez grandes retornos, imposibles tal vez, pero siempre al alcance de nuestros sueños. Gracias al poeta y su poesía, todo se puede.

Portada de las dos ediciones de su libro de poesías que cumple 20 años.