Germán Vargas Farías

Greta Thunberg se llama la adolescente y activista ambiental sueca que acaba de enrostrarles a los líderes mundiales su inacción frente a la gravedad de la crisis climática.

Greta tiene 16 años, y lo que ha dicho con firmeza en la Cumbre sobre la Acción Climática de Naciones Unidas, es lo que ha venido sosteniendo hace más de un año, cuando tenía 15, en cuanto foro, movilización o huelga ha participado.

Greta habla desde la indignación, por tanta palabreo y promesas incumplidas —“traición” le llama ella— y desde la rebeldía frente aquellos que trasladan su responsabilidad a otros, y disfrazan su indolencia atiborrados de buenas intenciones que no significan nada.

“La que habla verdad declara lo que es justo, pero el testigo mentiroso (y muchas veces poderoso), solo falsedad”, podríamos decir parafraseando el proverbio.

¿Cómo se atreven —les ha dicho Greta— a seguir mirando hacia otro lado y venir aquí diciendo que están haciendo lo suficiente, cuando las políticas y las soluciones necesarias aún no están, y no se les ve por ninguna parte?

Por su discernimiento, consistencia y valentía, Greta, además de constituirse en una personalidad influyente e inspiradora en el mundo, se ha convertido en una profeta —o profetiza— de este tiempo.

Reconocemos como profetas a seres libres, que no se complacen en anunciar desgracias si no que advierten a la gente que, si no hay un cambio de actitud, estas sobrevendrán irremediablemente. A diferencia de lo que se suele creer, son personas muy conscientes del presente, que hablan en tono fuerte, y que no temen denunciar la hipocresía, los agravios y la apatía, sin importar a quien corresponda.

“La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”, ha sido la reprimenda de Greta, con el tono de una verdadera profeta.

Y la consistencia y claridad de su pensamiento la demuestra persuadiendo a sus padres sobre la importancia de cambiar su estilo de vida, dejando hábitos y evitando incurrir en todo aquello que denuncia; y declarando con naturalidad una verdad para algunos subversiva: “Si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema”.

En tiempos marcados por la doblez de los fundamentalismos, una voz y presencia como la de Greta es esperanzadora. Y no solo es ella.

Anteayer, Greta y otros 15 niños han presentado una denuncia contra cinco de las principales economías del mundo acusándoles de violar sus derechos humanos al no tomar las medidas adecuadas para detener la crisis climática en curso.

Declaran que Alemania, Francia, Brasil, Argentina y Turquía no han cumplido con sus obligaciones contraídas al ratificar la Convención sobre los Derechos del Niño, debido a lo cual sus vidas ya han sido impactadas por la crisis climática, y que sus futuros medios de vida se verán amenazados a medida que los impactos empeoren.

Cabe señalar que no se incluye a Estados Unidos y a China en la denuncia, pese a que son los que emiten la mayor cantidad de gases de efecto invernadero, porque no se comprometió con la Convención el primero, y porque China no ha reconocido la jurisdicción de la Convención sobre los Derechos del Niño, es decir el Tercer Protocolo Facultativo relacionado a un procedimiento de comunicaciones —quejas—, para conocer las denuncias contra ellos.

El mundo se está despertando, ha anunciado Greta, y su alegato es desafiante, profético y oportuno: “El cambio va a llegar, les guste o no”. Una lección de dignidad.

«En tiempos marcados por la doblez de los fundamentalismos, una voz y presencia como la de Greta es esperanzadora»