Germán Vargas Farías

Hace dos semanas volvieron a atacar el memorial “El Ojo que Llora”. Si mal no recuerdo es la quinta agresión que sufre, digamos físicamente, desde que la obra de la escultora Lika Mutal fuera  instalada en agosto de 2005 en ese recinto del Campo de Marte, y han sido recurrentes los ataques, y también las convocatorias, ¿a visitarlo?, no, a destruirlo.

Recuerde sino que el año pasado, cuando parecía que Keiko Fujimori sería la sucesora de Ollanta Humala en la Presidencia de la República, seguidores de ella y de su padre  lanzaron  una convocatoria para que el 28 de julio de 2016, a las 17.00 horas, es decir poco después de la asunción del nuevo gobierno, se marche hacia el memorial ubicado en el distrito limeño de Jesús María, ¡para demolerlo!. El plan no resultó, pues la hija del dictador fue derrotada.

Para quienes no están enterados, “El Ojo que llora” fue desde el comienzo una iniciativa privada que tuvo por propósito reparar simbólicamente a las miles de víctimas del conflicto armado interno, contribuir a fortalecer la memoria colectiva sobre lo ocurrido, y promover la paz y la reconciliación en nuestro país.

Están allí los nombres de los sacerdotes mártires Alessandro Dordi, Miguel Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski, proclamados beatos por la Iglesia Católica; de la ecologista y periodista Bárbara D’achile y del ingeniero Esteban Bohórquez asesinados cuando trabajaban en un proyecto de alpacas en Huancavelica; de María Elena Moyano, del teniente EP Velarde Humala, de los pobladores de Lucanamarca, de las casi 200 autoridades ediles y cientos de personas más, todas ellas asesinadas por Sendero Luminoso. Pese a ello, aún hay quienes insisten llamándolo monumento al terrorismo, patraña a partir de la cual incitan la violencia.

Están allí los nombres de los jóvenes evangélicos asesinados en Callqui; del caso Santa Bárbara, donde asesinaron a 15 personas, entre ellas 7 niños y niñas; del caso  Putis donde tras engaños y la violación de todas las mujeres mayores de 12 años de edad se victimó a 123 personas; de Keneth Anzualdo, Arquímedes Ascarza, Pedro Huilca, y tantos otros casos más, individuales y colectivos, ultimados por agentes del Estado.

Todos los nombres que se pueden leer en cada piedra del memorial corresponden a personas cuya memoria merece ser honrada, y respeto es lo mínimo que les debemos a las familias de las víctimas, muchas de las cuales no tuvieron la oportunidad de darles cristiana sepultura y tienen en El Ojo que Llora el único espacio donde pueden acudir para recordar y rendir tributo a sus seres queridos.

Indigna, por eso, la agresión y la falta de sensibilidad y consideración hacia el dolor de miles de familias en nuestro país, a quienes se les prolonga el sufrimiento. Indigna, parafraseando a Mario Vargas Llosa, la repetitiva conjura de la ignorancia, la estupidez y el fanatismo político para acabar con el memorial “El Ojo que Llora”.

Los agresores son aquellos que pretenden la desmemoria histórica, muchos de ellos tienen deudas por saldar y quisieran reescribir la historia según sus gustos y sustos. Atacan “El Ojo que llora”, pero en realidad quisieran destruir mucho más. La memoria, nuestro anhelo de justicia y de verdad, y la esperanza en la reconciliación.

«Todos los nombres que se pueden leer en cada piedra del memorial corresponden a personas cuya memoria merece ser honrada»