Teresa Chara de los Rios
Un modesto hombre estaba intentando hacer un depósito de dinero vía cajero automático. Esta máquina tiene la particularidad que cuando los billetes están muy usados, a veces no los reconoce y rechaza. El hombre hacía intentos desesperados una y otra vez para que el cajero automático le reconociera el billete. Una larga fila de impacientes personas le gritaban “apúrate” ¿por qué te demoras tanto? “Ya deja ese billete, no te lo va a reconocer, no insistas”. Nadie intentó ayudarlo, todos querían que se marchara. El vigilante, al ver que la fila no avanzaba, gritó a viva voz “¿alguien lo puede ayudar? Se entiende que todos iban a hacer la misma operación, entonces sabían cómo hacerlo. Ni uno solo se movió, nadie intentó ayudarlo, más bien alentaban entre ellos la impaciencia. Con la tensión que generaban los clientes de la fila y su impotencia ante la máquina que no reconocía sus billetes, el hombre se retiró nervioso y frustrado.

En el patio de comida de un conocido centro comercial, una joven mamá estaba sentada en una mesa junto a su hijo, que ya llevaba buen rato llorando y gritando. Esto incomodaba a los comensales, pues cuando vamos a consumir alimentos, nos gusta disfrutar de un momento agradable. Los gritos histéricos de rabieta del niño, generaban un ambiente desagradable y de tensión, más aún cuando se observaba que la madre no hacía absolutamente nada por calmarlo y controlar la situación, ella estaba mirando su celular, indiferente ante el malestar que generaba en los demás comensales.

Una de las clientas se acercó y en tono amable le comentó la incomodidad que estaba generando y que por favor calmara a su hijo. Lejos de reconocer la situación, la madre le respondió que si no quería escuchar a su hijo “para que sale de su casa. Este es un lugar público y si no quieres bulla, no salgas de tu casa”. En una mesa contigua había una familia comiendo, no dijeron nada, solo atinaron a mover la cabeza en forma negativa, haciendo gestos de desaprobación ante tamaña respuesta. La comensal regresó a su mesa, el niño siguió llorando y ninguna persona la apoyó, a pesar de la molesta situación.

Había un desfile en la plaza de armas. Muchas personas llegaron temprano y se acomodaron de pie, en primera fila para ver mejor. Ya iniciado el desfile, de pronto aparece una mujer alta, y se colocó delante de una señora mucho más baja que ella, de tal manera que le tapó totalmente la visión. La señora le toca suavemente el hombro y le indica que por favor se retire a un lado porque no la deja ver. La mujer reaccionó en forma iracunda y le dijo que no se iba a mover y le preguntó con sarcasmo: “¿qué la calle es tuya? ¿te has comprado un palco?, ¿si no te has comprado uno, entonces qué reclamas?”. Se terminó el diálogo y la mujer se quedó por un buen rato, tomó fotos y luego se retiró. La señora no estaba sola, había otras mujeres que presenciaron la situación, sin embargo, nadie se atrevió a defenderla, solo se quedaron murmurando.

Estas tres situaciones cotidianas, nos demuestran que no somos solidarios con otras personas, que somos muy individualistas, que nos preocupamos solo por nosotros y que no nos interesa el bienestar o confort de los demás, aun cuando estén siendo atropellados en sus derechos. Escuchamos decir ”Mejor no te metas” “para qué meternos en problemas” “Ese es problema suyo o de él”.