Germán Vargas Farías

Decir que la naturaleza humana es compleja e insondable es hoy una verdad de perogrullo.  En miles de años de humanidad se han logrado avances científicos y tecnológicos extraordinarios, se han creado obras portentosas y se sabe de proezas maravillosas pero, al mismo tiempo, el ser humano es capaz de tantas vilezas que casi nadie duda, algún día, la destrucción del mundo será obra de sí mismo. Y ya lo está devastando.

Sucede en el mundo, en el país y en nuestra región. Basta acercarnos a los medios de comunicación para reconocer el empeño que le ponen algunos a su propia ruina, y lo hacen con tal arrogancia que espantan. Realmente.

Los especímenes a los que me refiero se encuentran comúnmente en ese ámbito que muchos siguen llamando político, pero que cada vez pierde el sentido de búsqueda del bien común para reducirse a conseguir el poder, sin importar como.

Las contradicciones son más flagrantes allí, en la política, y ya nadie se sorprende si un candidato promete lo que, todo el mundo sabe, no quiere ni podrá cumplir. Los planes de gobierno, por ejemplo, siguen siendo declaraciones de meras intenciones que no tardarán en dejarse de lado, dependiendo de la realidad y, principalmente, de los intereses que se defiendan.

Y sin ningún rubor los elegidos juran lealtades a líderes y lideresas de sus partidos o cofradías, no importando si encarnan lo más repugnante y nocivo de la política y, no exagero si digo, de la humanidad.

Por qué no sé usted pero a mí me parece un misterio el  mundo interior de una persona como Kenji Fujimori, que un día ofrece una conferencia de prensa para decir que ama a su padre, otro día se muestra tocando piano y dedicándole  al mismo y a su madre el “Himno a la alegría”, y nunca dijo nada de las torturas que su padre le regaló a su madre. Entonces era un niño, dirán. Pero hace bastante rato que dejó de serlo.

O qué decir de un político y congresista experimentado como Mauricio Mülder, que con severidad exige cárcel para Ollanta Humala, Nadine Heredia y otros más, pero que aparenta confiar candorosamente por uno que, muchos saben y algunos sospechan, es más ladrón y ladino que todos los anteriores. ¿Por qué, quién en su sano juicio diría que está dispuesto a poner las manos al fuego por Alan García?

Porque, parafraseando a Facundo Cabral, el hombre puede tener un cerebro como Einstein, un corazón como Jesús, dos manos como la Madre Teresa, una voluntad como Moisés, un alma como Gandhi, pero puede elegir comportarse como Alcorta o Becerril.

Es así. En la política o tomando distancia de ella, en el trabajo, en el centro de estudios, en la iglesia o en la familia. Con o sin dinero, sea de derecha, de centro o de izquierda, ateo o religioso, sí, el hombre puede ser un alma grande o un obstinado miserable.

Incomprensible, difícil de explicar. Sin embargo, y sigo parafraseando a Cabral,    que no te confundan unos pocos villanos y homicidas, el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, los soberbios suelen hacer más ruido que los decentes pero, por cada infamia que quiera destruir el país, hay miles dispuestos a trabajar por uno más justo y digno.

«Por cada infamia que quiera destruir el país, hay miles dispuestos a trabajar por uno más justo y digno»