Germán Vargas Farías

La disolución del Congreso de la República decretada por el presidente Martín Vizcarra no es, como dicen algunos, un golpe de Estado, ni implica ruptura del orden constitucional. Lo que se ha interrumpido es el abuso de poder, y una forma de “representación de la nación” (función principal de este órgano del Estado) caracterizada por la soberbia y la patanería.

Este lunes 30 de setiembre, cuando esperábamos que algunos congresistas recuperaran la sensatez, y se sumaran a otros y otras que apenas pedían modificar las reglas de elección de los magistrados del Tribunal Constitucional (TC), lo que sucedió en el Congreso fue un alarde de descaro e ignorancia que es posible haya convencido a muchos, que hasta entonces dudaban, que lo necesario y apremiante era que se vayan todos.

Allí estaba el parlamentario de Fuerza Popular, Héctor Becerril, ‘prohombre’ del fujimorismo, aquel que en varias ocasiones desafió al presidente Vizcarra diciéndole que no tenía los pantalones para cerrar el Congreso, retándole por enésima vez: “¿Por qué demora tanto? Ya votamos, ahora cierre el Congreso”.

Y cerca de él, Esther Saavedra, usando impertinentemente la ocasión para hacer gala de su vulgaridad y xenofobia, demandándole al presidente que cierre las fronteras, saque al Ejército para apoyar en el control, y expulse a los venezolanos -a los que llamó hermanos- porque “vienen a quitar el trabajo a los peruanos”, reclamando que “buenos o malos, tienen que salir del país”.

Podrían bastar estos dos especímenes del fujimorismo para exponer la catadura del parlamento más repugnante que recuerde – a pesar de la presencia de algunos congresistas dignos- pero Becerril y Saavedra son apenas dos de una jauría en la que sobresalen por su arrogancia e indecencia Mauricio Mulder, Rosa Bartra, Jorge del Castillo, Luis Galarreta, Karina Beteta, Velásquez Quesquén, Julio Rosas, Salvador Heresi, Luz Salgado, Tamar Arimborgo, Gilbert Violeta, Cecilia Chacón, Yeni Vilcatoma y otros más.

Se ha hablado mucho de la defensa de la democracia y el respeto de la Constitución y las leyes, y está bien. Pero cuando los que se refieren a ella son los mismos a quienes sus colegas han ‘blindado’ para que no se les investigue por la comisión de presuntos delitos, o son expertos burlándose de la justicia y torciendo el derecho, hacemos bien en desconfiar.

Con la disolución del Congreso nos hemos librado de algunos que pronto no serán más que un mal recuerdo. El problema, sin embargo, no está resuelto. Personajes como aquellos pretenden que la situación se resuelve apelando a interpretaciones que son más argucias que Derecho. Lo hicieron esa vez y lo han hecho siempre. Prácticas como esas son las que deben terminar.

«Con la disolución del Congreso nos hemos librado de algunos que pronto no serán más que un mal recuerdo»