Eiffel Ramírez Avilés

Aunque provenientes de distintas artes, una película y una novela pueden confluir en un mismo destino y causar un doble embargo sentimental. Todo arte, en fin, vierte sus aguas en el mar de la ficción. Si es así, hoy evoco, sin importar o si la pantalla o si la letra, aquellas dos obras, dispares en costumbres y ambientes, pero que se templan en una sola para sobrecogernos. Distantes, como Wiñaypacha y El gigante enterrado, mas vinculadas entre sí: porque sus preguntas fundamentales –sobre la vejez, el olvido, la soledad– son las inquiridas por cualquiera.

Wiñaypacha, película peruana (o aimara) proyecta a dos ancianos –Willka y Phaxsi– anclados en un durísimo altiplano, pujando por sobrevivir con sus animales ante el frío y la decadencia senil. Ambos se sostienen de un hilo de pena que recorre toda la historia: ¿dónde estará su hijo que los abandonó? Y aun con esa aflicción continúan vivenciando el entorno andino que, como connacionales, también hemos atisbado alguna vez: los rituales, el compartir con los animales, la cabaña de techo de paja, la piedra omnipresente… El hijo, como es de esperar, nunca retorna. Por su parte, El gigante enterrado, novela inglesa de manos de Kazuo Ishiguro, presenta a otro dúo de longevos convivientes –Axl y Beatrice– de la Inglaterra medieval. Propio de su mundo, aquí surgen más bien sajones y britanos, ogros y caballeros, planicies y aldeas… Pero al igual que la anterior, esta pareja indaga también sobre el paradero de su hijo y hasta deciden buscarlo.

No es difícil hallar el elemento común en estas dos bellas y dramáticas historias. Sí: coinciden en la edad promedio y los achaques de sus personajes; concuerdan en el amor tierno que las añosas parejas se tienen; en ambas, se anhela el reencuentro con el retoño. Pero el enlace ideal está en el tópico del olvido. Los esposos del film sufren porque el hijo renegó de ellos y los dejó a su suerte; y hay una crítica social por la indiferencia hacia los adultos mayores. Ese hijo ingrato somos todos. Ahora bien, en la novela, la pareja no recuerda a su vástago, ni siquiera sabe cómo ha partido de su hogar; pero en su búsqueda, consigue rememorar y descubrir que aquel huyó por su culpa –una infidelidad– y terminó por morir producto de una plaga. El esposo, luego, por venganza, obligaría a la mujer a no visitar la tumba del hijo: ¡y el olvido no fue más que un mecanismo necesario para seguir juntos, para tapar ese doloroso recuerdo!… Así, Wiñaypacha y El gigante enterrado muestran las dos caras de la omisión: ser olvidado y olvidar; abandono y conveniencia; crueldad y cobardía, caracteres inevitables de los hombres.

Y ambas ficciones culminan con la muerte. En el libro, la anciana, Beatrice, se sube a una barca cuyo conductor –quién más, Caronte– la llevará a una isla donde se encuentra enterrado su hijo; mientras tanto, su esposo, Axl, debe aguardar en la orilla, en la incertidumbre. Perdón y comprensión se aúnan en esta etapa ardua de la vejez, y prefiguran una moraleja profunda sobre la vida. En la película, muere primero Willka, en una imborrable y tristísima escena en que la soledad y el silencio de los Andes son interrumpidos por los llantos de su mujer, Phaxsi, y los aullidos de los hambrientos zorros, que ya los tienen cercados. Sin embargo, aunque trágico, Wiñaypacha posee un recurso escondido y por algo su traducción al español es «tiempo eterno». Phaxsi, en el último segundo del film, remonta como piedra, como vida petrificada. Senescencia y filosofía andina aparecen de consuno acá; otra moraleja para la vida.

«¡Y el olvido no fue más que un mecanismo necesario para seguir juntos, para tapar ese doloroso recuerdo!»