Eiffel Ramírez Avilés

De los muchos adjetivos atribuidos a Ronald Dworkin se ha destacado muy bien este: el de «filósofo público». A diferencia de otros pensadores, cuyas tesis abstractas navegan todavía en la imaginación, esperando algún día llegar a buen puerto, aquel siempre estuvo en tierra, en el centro del debate y de la discusión de las primordiales aporías que acosan al hombre y a sus actos: el buen vivir, la justicia y la igualdad social, el objeto de la democracia, las sentencias de los jueces. Jurista, teórico político, conferencista, escritor, fue un ineludible reto para los norteamericanos y los liberales desde la segunda mitad del siglo XX.

Sería imposible esbozar en breves líneas la inmensa trayectoria y el desbordante pensamiento de Ronald Dworkin; pero podemos resumirlos en tres etapas. Inició sus estudios de leyes en la Universidad de Harvard por la década de los cincuenta, adquiriendo así ya un futuro promisor como abogado. Sin embargo, sus inquietudes fueron más allá de las de un simple litigante y pronto pasó a cuestionar la esencia de su carrera: ¿el concepto de derecho puede implicar acaso algún sentido de justicia? Sus indagaciones al respecto lo llevaron a redactar una serie de ensayos que tituló después como ‘Los derechos en serio’ (1977). Por otro lado, sus reflexiones sobre lo que es el derecho, llevaron a Dworkin a reformular también lo que entendíamos por «libertad», «igualdad» o «comunidad». En una segunda etapa, pues, se insertó en la corriente del liberalismo político contemporáneo, asumiendo, frente a John Rawls –otro insigne estadounidense que renovó la teoría del contrato social–, su propia teoría de la justicia. Así, defendió un «liberalismo igualitario», basado en la igualdad de recursos para los ciudadanos y la autorresponsabilidad de sus vidas. Todo ello le llevó a escribir ‘Virtud soberana’ (2000), obra referente en la filosofía política.

Mas Dworkin no estaba satisfecho; ambicionaba erigir un árbol que juntase todos los conceptos por él analizados, una base donde se apoyaran sus definiciones: una metafísica. En este tercer estadio, ingresó en el terreno de la moral, en el que planteó la objetividad y la unidad de esta. Armado de una diversidad de principios (entre ellos, la guillotina de Hume) contraatacó a los escépticos y a los relativistas de la moral: para él, nadie podía escaparse de los juicios éticos y había una sola respuesta para los dilemas morales. Esto enlaza con la ingeniosa reinterpretación de Isaiah Berlin a una fábula antigua: el zorro, astuto y sagaz, sabe muchas cosas; no obstante, el erizo solo sabe una pero grande y, de ahí, su ventaja. Con esa distinción, Berlin clasificaría luego a muchos pensadores. Y Ronald Dworkin recogió la historia para sí; su teoría debía ser la de un erizo, la de aquel que solo sabe una verdad grande: la objetividad del valor moral. Por eso, su libro capital en esta última fase –aunque sus principales ideas fueron adelantadas ya en ‘Objectivity and Truth. You’d better believe it’– rotula ‘Justicia para erizos’ (2010).

Ronald Dworkin, mediante sus agudas especulaciones y su aparato de principios, ha sorprendido en cada ámbito académico en que ha incursionado; sus libros son ríos de argumentos y de casos, a veces muy difíciles de seguir, pero de un ejercicio mental estimulante. Por su vastedad de razonamientos y postulados, por sus disputas que surgen en cada página y por el impetuoso discurso, yo lo compararía a Platón en versión no dialogada. Colosal filósofo, planeaba unir las sencillas pero fundamentales creencias de cada ciudadano con los objetivos de toda una comunidad política. Inusitado igualitarista, le dio nuevos aires al liberalismo actual. Hay que reconocerle, con toda confianza, esa cualidad que Berlin también dio al egregio ateniense: el de ser un intelectual poseedor de una gran verdad; un erizo.

«Nadie podía escaparse de los juicios éticos y había una sola respuesta para los dilemas morales»