Germán Vargas Farías

No estaba entre mis planes, pero fui soldado del Ejército Peruano en los ochenta. Ya era un estudiante de Derecho cuando cumplí 18 años de edad, y debía canjear mi boleta de inscripción militar para obtener luego la libreta militar y después la libreta electoral (así se llama entonces el DNI). Llegué a la oficina de reclutamiento de mi provincia con ese propósito, y en menos de treinta minutos ya estaba a bordo de un vehículo militar, camino al cuartel donde sería recibido sin honores.

Hice el servicio militar -en aquél tiempo obligatorio- en Lobitos, Talara. Es decir, bastante lejos de las regiones donde Sendero Luminoso inició y desplegó con mayor intensidad su “lucha armada”, y cuando a las Fuerzas Armadas aún no se les había encargado enfrentar a los grupos subversivos.

Quizá por eso, nunca escuché durante mi permanencia en el Batallón de Infantería Motorizada donde me tocó servir ninguna alusión a Sendero Luminoso, y menos al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) que en realidad empezó sus acciones dos o tres años después. Estaba fresco aún, en el cuartel, el recuerdo de lo que habían sido las escaramuzas en la frontera norte del Perú. Varios de los oficiales y soldados que eran parte del batallón que había sido movilizados meses antes a la zona, durante lo que aquí se llamó “el conflicto del falso Paquisha”.

Mi experiencia en el Ejército fue en varios aspectos aleccionadora. Tengo muchas críticas a la forma como se implementaba el servicio militar en ese tiempo -que al parecer en tantos años no ha variado sustancialmente- pero debo reconocer que aprendí cosas muy importantes allí. De hecho, el respeto que tengo hacia el Ejército Peruano, y todas las instituciones armadas del país, así como a quienes las conforman, se afirmó en ese período.

Conocí soldados y oficiales leales a su institución, pero con un sentido del honor que no les permitía aprovecharse de ella, ni pretender ponerla por encima de los derechos de la gente. Por eso me afectó conocer lo que militares, particularmente del Ejército Peruano y de la infantería de Marina, hicieron en ciertos lugares y momentos de la lucha contrasubversiva. Se trató de crímenes, y no de excesos.

Llamar excesos a la matanza de 6 jóvenes evangélicos en Callqui; a la masacre de 15 personas en Santa Bárbara-Huancavelica, siete niñas y niños entre ellas; o a la  barbarie perpetrada en Putis donde asesinaron a 123 personas, incluyendo a niños y niñas que apenas empezaban a vivir; para citar tres de cientos de casos, es una barbaridad más que revela un negacionismo que convierte a algunos en cómplices, si no rehenes, de criminales que deshonraron una institución que se reclama, lo dice su himno, “guardián del honor nacional” y “bastión de justicia social”.

No podía imaginar, en mis tiempos de soldado, que un guasón como Edwin Donayre llegaría a ser jefe del Ejército. En su estilo exagerado y rústico, como militar antes y ahora congresista, a veces confunde heroísmo con vileza.

En estos días Donayre la ha emprendido contra el Lugar de la Memoria (LUM), pretendiendo erigirse como protector de una institución cuando hace rato debió distinguir  entre el comportamiento valeroso y heroico de muchos oficiales y soldados, con el de canallas que usaron el uniforme, el fusil y la autoridad que se les confirió para perpetrar actos criminales, en ningún contexto justificables.

Una de las normas del decálogo de las Fuerzas del Orden (puede verlo completo en la web del Ministerio de Defensa), dice que las violaciones a los derechos humanos no quedan impunes. Tampoco deben olvidarse.

“No podía imaginar, en mis tiempos de soldado, que un guasón como Edwin Donayre llegaría a ser jefe del Ejército”