Germán Vargas Farías

Un abrazo intenso y prolongado es la primera imagen que nos atrapa, el retrato que captura nuestra atención, y que conmovedoramente nos transmite ternura, angustia, necesidad de protección, y lo  embarazoso que es exponer el dolor cuando este sigue presente.

Se trata del abrazo de dos hermanas, Manta y Vilca, una niña y la otra adolescente, que pasan de la simplicidad de una vida campestre, entre juegos, cantos y sueños,  a la opresión de un régimen siniestro que se instala en sus pueblos, irrumpiendo en sus vidas, violentando sus cuerpos.

Manta y Vilca – Memoria Escénica, es la obra de la Asociación Cultural Trenzar que hace algunos días pude ver, y recorrer, gracias a la invitación de mis amigas de Demus-Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer, y que a través de un lenguaje teatral nos cuenta una parte de la terrible historia de las  comunidades de Manta y Vilca en Huancavelica, de la violencia sexual que las mujeres sufrieron, y de la terca esperanza con que resistieron y hoy reclaman justicia.

Y vuelvo al abrazo porque es, qué duda cabe, el refugio de quienes no tienen los recursos para escapar de la escena, ni para eludir la tragedia. Son dos niñas –recuerden- retenidas por una pandilla de hombres fieros y armados que las ultrajan, una, dos, tres, muchas veces, y que fueron y son ahora mismo el símbolo del envilecimiento de un conflicto armado que tanta gente sigue negando, que no quieren mirar, así como de la singular valentía de mujeres que siguen resistiendo, que no tienen miedo, y que con generosidad ofrecen al país la oportunidad de redimir su dignidad.

Hace poco nos hemos horrorizado con las imágenes de un hombre violando a una mujer en estado inconsciente, y de la indolencia de varios otros indiferentes ante tal infamia. Y ayer nomás nos hemos sentido aliviados por la noticia de la captura del presunto malhechor. Aun no se conoce la identidad de la víctima, pero la sociedad y el sistema se ha movilizado saludablemente en procura de justicia. Así es como debe ser.

Y así debe ser, tratándose de miles de otras mujeres que fueron violadas, aun siendo niñas, por hombres cuya misión era cuidarlas. Una institución como el Ejército Peruano que ha logrado con justicia un abrumador reconocimiento de la población, más del 81 % de aprobación, por su desempeño ante la emergencia ocasionada por el Fenómeno El Niño Costero, debiera ser capaz de separar el trigo de la cizaña, procurando que criminales que vistieron su uniforme, en aquella otra emergencia, sean, con la seguridad que se respetarán las garantías del debido proceso, investigados y sancionados.

Hay que decirlo, lo que sucedió en Manta y Vilca no fue la excepción. 6 182 víctimas de violencia sexual durante el conflicto armado, registradas en el Concejo de Reparaciones, dan cuenta que en ciertos periodos y lugares, Manta y Vilca 1984 por ejemplo, se trató de una práctica sistemática y generalizada. Sin embargo, en todos estos años apenas se ha logrado una sentencia condenatoria. Déficit de justicia que se explica, entre otras razones, por la falta de cooperación del Ministerio de Defensa y de los institutos armados en las investigaciones.

33 años han pasado, y se les sigue negando y regateando ese otro abrazo respetuoso y solidario que, reconociéndoles ciudadanas, contribuya a aliviarles el dolor y a cerrar las heridas.

El contexto, como se verá, sigue siendo adverso, pero la lucha de las valientes mujeres de Manta y Vilca continúa, su coraje es inspirador, y la obra de Trenzar es un merecido homenaje.