Teresa Chara de los Rios

Creo que no hay nada que nos una más y emocione a los peruanos, que ver los partidos de fútbol de nuestra Selección.

Los días previos nos vamos contagiando del todo lo que es fútbol. Es nuestro tema preferido. Los medios de comunicación lo anuncian en grandes y repetitivos titulares. Las entrevistas a los técnicos, a los jugadores es imperdible. Cuentan sus anécdotas, el detrás de cámaras. Los hinchas sufren, ríen, se angustian. Quieren saber hasta los más pequeños detalles, desde qué comen los jugadores, su estilo de vestir o corte de cabello, para imitarlos, sólo basta mirar a miles de jóvenes con los mismos cortes de cabello y peinados de algunos destacados jugadores, son sus ídolos.

Hacen enormes filas para conseguir entradas. Se pueden quedar a dormir en la calle hasta el amanecer, cubierto solo con una manta, con tal de conseguir una entrada para ver el partido del equipo de fútbol de su preferencia.

Aquí ya no importa de qué lugar del país somos o a qué clase social pertenecemos. Todos saltamos de alegría, sufrimos, nos abrazamos, gritamos emocionados hasta quedarnos roncos.

El fútbol nos hace olvidar que no tenemos dinero, que nuestras deudas están por vencer y debemos pagarlas, de nuestros problemas personales o sentimentales. Ya no nos interesa lo que digan las autoridades o si el país sigue en el subdesarrollo. El fútbol nos envuelve en una nube, nos hace olvidar de todo lo demás.

Recuerdo que pocas horas antes del partido con Argentina, la gente miraba minuto a minuto el reloj para salir presurosos de sus centros laborales. Algunos tuvieron suerte y les concedieron permiso para salir más temprano. Era un día de fiesta. Las calles se llenaban de gente caminando, no importaba la edad, todos salían presurosos para ir a ver el partido a sus casas, o a un lugar convenido con parientes y amigos. Alistaron bebidas y comida. Era un gran día.

Algunos comercios que venden artefactos eléctricos habían colocado grandes televisores con vista a la calle, para que aquellas personas que por diversos motivos no podrían llegar a sus casas, pudieran ver desde afuera el partido esperado.

Según información de los vendedores del centro comercial Gamarra, han vendido en los últimos quince días, un promedio de cinco mil polos diarios. Se espera que para el partido de hoy con Colombia, todos nos vestiremos con la camiseta roja y blanca y aún desde la distancia, el equipo de la selección sienta que los estaremos apoyando. El país quedará paralizado.

Todos los días escuchamos noticias malas, asaltos, robos, atropellos, drogas, corrupción que ya estamos hartos de sentirnos con esa sensación desagradable de inseguridad ciudadana y de impotencia que las cosas no mejoran.

Estamos tan faltos de motivos que nos hagan dejar de lado la razón, para dar paso a la emoción. El fútbol es el pretexto perfecto para que todos nos unamos bajo un objetivo común: Ver ganar a nuestra selección. Allí nos olvidamos de egoísmos personales, de colores políticos, de condición social o de religión.

Por eso aparece el fútbol como una esperanza que nos alegre la vida, que nos saca de nuestra apatía.  Realmente los peruanos estamos tan ansiosos de escuchar que sí podemos lograr lo imposible. Nuestro corazón se hincha de emoción, queremos vestir de blanco y rojo, escuchamos canciones como “Contigo Perú”, cantamos el himno nacional con mucho fervor y sentimiento.

Cuanto me gustaría que los peruanos pudiéramos tener muchos más eventos para unirnos, para sentirnos orgullosos de nuestro país. Ya estamos orgullosos de nuestra gastronomía, pero también necesitamos con vehemencia tener más motivos para abrazarnos, para contagiarnos de esa alegría que nos sale desde el fondo de nuestro corazón y que nos motiva a seguir adelante. Necesitamos más motivos para perdonarnos – y como dice la canción- sentirnos que todos somos hermanos. ¡Que viva nuestra Selección! y hoy, todos vistamos los colores rojiblancos.