Jorge Espinoza Egoávil

Como en todas las latitudes de la tierra, los problemas de las diversidades conceptuales en la frondosa  fenomenología social e histórica, se ponen de relieve en determinados momentos coyunturales en los que emergen por diversos factores propios de las contradicciones humanas. Así es que en la ciudad de Huánuco, y posiblemente con extensión a toda la región, se ha vuelto a poner de manifiesto un pasado debate sobre la necesidad de reivindicar la vigencia de un pendón que utilizaron los egregios revolucionarios de febrero de 1812, en aras de continuar la lucha del indomable descendiente inca, conocido con la denominación de “Túpac Amaru”.Esa revolución pre independentista, que ha sido considerada por los especialistas en materia de fenómenos sociales, económicos y políticos, como la segunda más importante en el quehacer nacional en pro de la independencia del yugo español. Así se expresa la distinguida e internacionalmente famosa profesora de historia del Perú y América Dra. Ela Dumbar, cuando escribe el prólogo del más importante documento que se ha producido en el Perú republicano, como parte de la celebración del sesqui centenario de la independencia nacional. El documento tiene más de cien volúmenes y cinco de ellos están dedicados exclusivamente a esa revolución huanuqueña.

Esa bandera de los revolucionarios huanuqueños fue el Estandarte de la fe católica que en la mayoría de las iglesias y capillas tienen como símbolo de la cristiandad y los sacan en las procesiones religiosas, conformada por un paño color “Fucsia”, cercano a la combinación entre el color rojo vivo y el rosado. Es casi granate, como lo conoce la totalidad de los fieles del catolicismo. Ese estandarte también lo tenía, y usaba, la capilla que se encuentra a las inmediaciones del legendario puente de “Huayopampa”, como centro de acción católica del predio rústico que posteriormente recibió la denominación de “San Roque”.

Ese emblema de la fe católica, color fucsia, el día 23 de febrero del año 1812, en la marcha de los huanuqueños e integrantes de los pueblos aledaños, tanto indios, como mestizos y criollos, que hicieron hacia la ciudad capital —conforme a las informaciones oficiales y oficiosas— fue sacada para servir de bandera del grito libertario de los protestatarios.

El presente artículo periodístico, no toca el historial del trajín revolucionario debido a que se ha tomado la decisión de que se de a conocer al pueblo huanuqueño únicamente los temas relacionados con el historial de las banderas de la ciudad, como consecuencia de haberse reiniciado el trajín cuantioso del debate sobre la reivindicación de la bandera proclamada por los revolucionarios doceañistas huanuqueños.

En efecto, el estandarte antes indicado fue sacado de la Capilla de Huayopapa por el protestatario José Mirabal y lo llevó consigo durante todo el periplo revolucionario, conforme a la propia declaración oficial dada en el acto de rendir su instructiva, proclamando todos los componentes del movimiento social, como la bandera símbolo de la “Revolución”. Luego no hubo ninguna otra clase de reconocimiento como tal por las autoridades posteriores, hasta la  tentativa de su oficialización en el  año de 1924, ya en el período republicano. En ese año se encontraba como alcalde el señor Felipe Carbajal que ostentaba el grado militar de coronel, el mismo que construyó una plaza recreacional denominada “Plazuela de la Libertad”, donde se trasladó el monumento a la libertad que se encontraba  ubicada en la Plaza de Armas (sector que da al jirón 28 de julio) y que actualmente se encuentra en la plazuela de San Sebastián. Esa plazuela de la Libertad estaba en el espacio que había venido siriviendo como “Estadio de fútbol” y se ubica entre el Mercado Antiguo y la Iglesia de La Merced (actualmente convertida en un lugar de vendimia de artículos varios). En el día de su inauguración, el alcalde lanzó la propuesta de que “a nombre de la libertad que simbolizaba esa plazuela, debe ser considerada como el simbolismo de esa libertad, la bandera que los revolucionarios doceañistas pasearon en todo su periplo”. Fue simplemente una propuesta.

Como consecuencia de esa propuesta, que fue también ratificada, como propuesta por el alcalde siguiente que fue el R.P. Noé Castillo, habiéndonos enterado de todo ello por las informaciones del alcalde anterior al proponente, que fue el Dr. Miguel Ingunza Delgado, primo hermano de mi señora madre, quien me contó cuando ya era estudiante universitario.

En mérito a ello, hace unos veinte años aproximadamente, escribí varios artículos sobre la bandera de Huánuco y se hizo una mesa redonda en torno a la actual bandera, cuyo origen es un tanto anecdótico, y se planteó la urgente necesidad de reivindicar la bandera color fucsia, de los revolucionarios “Doceañistas”, adhiriéndose a la propuesta varios intelectuales y entre otros el profesor y escritor Manuel Nieves Fabián. Pero luego surgió la voz discordante del aficionado a la historia, el profesor Emiliano Flores Trujillo, quien manifestó que “no existe ningún documento que nos pueda respaldar en nuestra proposición y se quedó en realizar investigaciones destinadas a confirmar mis afirmaciones y  las  de los que estaban de acuerdo con la propuesta. También surgió uno que otro ignorante de lo que se trataba y  dijo en un medio de comunicación que no “podemos aceptar la propuesta de los comunistas, para imponernos un trapo rojo como bandera de Huánuco”.

En los momentos actuales, se ha vuelto a poner en el tapete de la discusión la propuesta formulada por el teniente alcalde y un grupo de regidores relativamente jóvenes (que no son comunistas), la misma que debemos de aplaudir pero haciendo la advertencia que la consulta popular que se pretende llevar a cabo debe hacerse luego de un proceso de información a la población que tendría que votar, para que pueda hacerlo con conocimiento de causa, puesto que advertimos que existen muchos que les gusta escribir sobre  segmentos de nuestra historia con el ánimo de ponerse de relieve y sus informaciones no tienen nada de “Comentarios Reales”, sino de comentarios mentirosos, que hacen daño a la información histórica para los estudiantes y estudiosos. Dicen, por ejemplo, que el sacerdote gestor del aspecto ideológico de la revolución, el R.P. Marcos Duran Martel, fue “deportado a Argentina” y que él pertenecía a la orden de los dominicos y que los condenados a la pena capital fueron fusilados, todo lo que no es cierto, porque en aquel tiempo no se conocieron todavía los fusiles en Huánuco y por eso dos de los condenado a la pena de muerte, fueron ahorcados y uno sometido a la pena del garrote. Además, todas las personas informadas saben que el sacerdote Duran Martel fue enviado al exilio en España a prestar servicio en un hospital isleño. Igualmente hemos visto que en la  escenificación  del “Pillkomasikuna” no se ha conocido el ritual de la penalidad en el Derecho Indiano, que es el que se les aplicó a los condenados y por eso han representado la escena de acuerdo a su libre pensar y sentir.

Y así por el estilo, si damos lectura a las decenas de libros escritos sobre la materia encontraremos un sinfín de tergiversaciones. Para que no suceda eso, los actuales regidores impulsores de la propuesta -no de cambio como equivocadamente dicen algunos en sus informaciones y protestas mediante el Internet— sino de reivindicación de una bandera que tiene mayores merecimientos que la actual, por el origen que tienen cada una de ellas.  La primera por su valor histórico y la segunda por su improvisación e ignorancia de lo que significa una bandera como expresión de identidad patriótica de un pueblo.

Pues, fresco están los nombres del grupo de personas que formaron parte de la comisión encargada de construir una bandera de simbolismo patriótico para Huánuco. En la lista no aparece ningún historiador y ni siquiera profesor universitario de historia. El deseo de gestar una bandera para Huánuco surgió intempestivamente en un momento amical en que se dieron cita la alcaldesa que era en ese tiempo la señora María Lulisa Cuculiza Torre y algunas autoridades pertenecientes al grupo del gobierno militar que mantenía en sus manos el poder político, por efecto del golpe de Estado que dio el general del Ejército Juan Velasco Alvarado. Era el jefe de la Guardia Civil y policía, el comandante de la G. C. Saadat Hadat Carbalho, que como persona era un oficial ajeno a las “bravuconadas policiacas” y por el contrario se trataba de un policía con niveles de cultura pocas veces observadas en los uniformados y por ende con un gran espíritu de curiosidad por los asuntos relacionados con la cultura de los pueblos.

Esta característica fundamental del comandante G. C. hizo que fuera de los protocolos de la reunión de autoridades, le formulara una pregunta a la alcaldesa, dirigida a conocer si Huánuco tenía su bandera de identidad patriótica y como la burgomaestra de eso no conocía nada, le dijo que no sabía nada relacionada con la pregunta porque no había visto en la municipalidad ninguna bandera.  Ante dicha respuesta, con la conducta llena de cortesía del raro policía, dijo que los invitaba a conformar una comisión encargada de presentar un proyecto de bandera la que se conformó de inmediato, incluyendo a personas que no se encontraban presentes, como los profeores Pedro Egoávil y el profesor Salinas. Otras personas que fueron las que se interesaron por quedar bien ante el comandante y la alcaldesa fueron la señora Mabel Facundo y su esposo, que era profesor en la que se denominaba entonces Escuela Normal “Marcos Duran Martel.”

Fue una improvisación y de allí es  que la bandera fue producto de lo inoportuno y lo anecdótico, porque resultó con colores semejantes a los del vestido que usaba la alcaldesa por efecto de un cumplido del comandante, lo que acarreó una serie de críticas sosteniendo que nuestra bandera tenía los colores de la coca y la “pichicata”. Sin embargo, como fue en una época en que gobernaban los militares, cuyo lema es “las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones”, está allí la bandera de Huánuco, con los colores que no tienen relación con la historia verdadera de nuestro pueblo.

La colectividad deberá de analizarlo y catalogarlo oportunamente, con la finalidad de tomar una decisión mayoritariamente democrática por las dos alternativas que posiblemente presentarán los impulsores de la consulta popular, previa amplia información de las valoraciones de identidad histórica.

Ese es el más grande y fervoroso deseo que tenemos y se los transmitimos a los lectores del diario, gracias a la cordial gentileza de su Director – Propietario, el distinguido periodista Lincoln Diaz Marcellini.