Germán Vargas Farías

Dice la Biblia que de los tales es el Reino de los cielos, y quien lo dice es Jesús. Los tales a los que se refiere el Maestro son los niños, y el reino del cual habla es el proyecto de Dios, ese que presenta como vida plena y digna para todas las personas.

Podemos reconocer a Jesús como un apasionado de ese reino de justicia, paz y libertad, y como un defensor de las personas a quienes quiere libres de todo aquello que las deshumaniza y hace sufrir.

Nada que haga mal a las personas, nada que les quite sus derechos, nada que les impida ser felices, nada que se base en el odio y que pretenda imponerse, prevaricando sus preceptos, puede ser del agrado de Dios.

Convicciones como estas fueron las que motivaron que un grupo de organizaciones basadas en la fe y de derechos humanos de Perú y Brasil presentásemos ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos nuestra preocupación por situaciones que desde hace varios años vienen aconteciendo, y que amenazan y vulneran los derechos humanos, especialmente de las niñas, niños y adolescentes.

Lo hicimos recientemente, en una audiencia pública realizada en el marco del 174 Periodo de Sesiones, en Quito, Ecuador, y lo que evidenciamos es que el fundamentalismo religioso, ese que en la mayoría de los países de la región hace alarde de sus comportamientos obsesivos y persecutorios, estorba los derechos humanos, principalmente de las niñas, niños y adolescentes.

Sí, es preciso repetir a quienes afecta en particular, afirmando que no se trata de una simple percepción. La información documentada que presentamos en la audiencia demostró que estamos frente a un fenómeno que con su oposición al enfoque de género en las políticas públicas lo que propone es un escenario de des-democratización  para lo cual crea un discurso que no vacila en instrumentalizar la fe y el derecho a la libertad de religión de las personas.

Traigo este tema a propósito de los 30 años de la Convención sobre los Derechos del Niño que celebramos hoy, porque aquello que constituyó un compromiso histórico con los niños, niñas y adolescentes, está ahora bajo amenaza.

Lo que advertimos es que organizaciones y colectivos de distintas confesiones religiosas, asociados con agrupaciones políticas conservadoras, y no solo de derecha, influyen en el discurso de los gobiernos, y dan lugar a iniciativas que impiden el desarrollo legislativo de los derechos humanos, apuntando al desmantelamiento de políticas públicas favorables a derechos como la educación sexual integral y a la erradicación de la violencia contra las mujeres, y conspirando contra estándares normativos y buenas prácticas en la promoción y protección de los derechos a la educación, la salud y el derecho a una vida libre de violencia, especialmente para las mujeres, los niños, niñas y adolescentes, que creíamos ya asegurados.

Suscrita el 20 de noviembre de 1989, la Convención sobre los Derechos del Niño es el tratado internacional de derechos humanos más ratificados y universalmente aceptados de la historia. Muy bien por eso, pero aquello que tanto esfuerzo costó está en riesgo por la actuación de grupos anti derechos que superponen sus prejuicios bajo una supuesta “libertad de creencia” y “agenda moral” que, desde quienes asumimos que la religión es compatible con los valores democráticos y con el respeto irrestricto de los derechos humanos, contradice el Reino que, según Jesús, es de los niños.

«Aquello que constituyó un compromiso histórico con los niños, niñas y adolescentes, está ahora bajo amenaza»