Germán Vargas Farías

Desde que se me ocurrió escribir, hace 13 años ya, una columna de opinión para un diario regional, he podido experimentar “en chiquito” lo que es el riesgo de opinar. Digo en chiquito porque lo más que me tocó enfrentar fue que un dirigente de los comités de autodefensa de Ayacucho, luego de amenazarme a través de una radio local, se acercara a la oficina donde trabajaba con la intención de ejercer su “derecho a réplica” de manera personal y directa; o que el fiscal a cargo de la investigación de un caso de violación de derechos humanos, a cuyos familiares de las víctimas patrocinaba Paz y Esperanza, anunciase a través de un diario de circulación nacional que me demandaría por cuanto, dijo, había dañado su honor al criticar la parsimonia y frivolidad con que venía actuando.

Aparte de eso, algunas veces he recibido reproches y observaciones que tomo con naturalidad, considerando que, tal como reclamo para mí, todas las personas tienen derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia, de opinión y de expresión, lo cual incluye el derecho de difundir las opiniones por cualquier medio y sin limitaciones de fronteras.

Sin embargo, existen restricciones y estas tienen que ver con el respeto de los derechos o la reputación de los demás y otras consideraciones, que están expresamente señaladas en la ley. Tal vez usted sepa, por ejemplo, que la “Convención Americana sobre Derechos Humanos” indica expresamente que estará prohibida por la ley toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituyan incitaciones a la violencia contra cualquier persona o grupo de personas, por ningún motivo, inclusive los de raza, color, orientación sexual, religión u origen nacional. Es decir, y para citar un caso, Rodolfo Gonzales no puede permitirse propagar sus odios contra la comunidad LGTBI basándose en el ejercicio de un derecho que, en realidad, el líder del Movimiento Misionero Mundial pervierte.

Riesgos más graves afrontaron reporteros como Jaime Ayala Sulca, corresponsal del diario La República, detenido y desaparecido en Huanta un día como hoy, 2 de agosto de 1984, y cientos de varios otros periodistas, muchos de ellos líderes de opinión, que fueron perseguidos, secuestrados o asesinados durante el conflicto armado interno en el Perú.

Los riesgos a los que quiero referirme ahora son más pequeños, y reflexiono en torno a ellos por lo que advierto sucede, particularmente en redes sociales, cuando alguien emite opinión sobre algún asunto, digamos, inquietante. A modo de ejemplo, mencionaré dos escenarios: Fujimori y los 90 en el Perú, y el chavismo o madurismo de hoy en Venezuela.

La entraña de los dos regímenes idéntica, pero la misma persona que pulsa el botón “me encanta” si dices que Fujimori es un dictador y no merece el indulto, puede decirte que eres  un mequetrefe, pobre diablo y que te gusta ser “pisoteado por las botas norteamericanas de derecha” (eso y otros “piropos”, le dijeron a un amigo y destacado defensor de los derechos humanos), si opinas —como hizo Tito Bracamonte, coincidiendo con “El País” de España— que la imposición de la Constituyente finalmente consuma el autogolpe en Venezuela. Otros, que te leen con beneplácito, y hasta te envían una solicitud de amistad, cuando afirmas que Maduro es un autócrata, te pueden decir pobre terruco, rojo resentido, entre otras gracias, si opinas que Fujimori fue -y por eso fue condenado- un ladrón y asesino.

Por razones de espacio, y por no ser el tema esta vez, no me referiré a otros pretextos disfrazados de argumentos, que suelen usarse para defender a uno u otro, solo diré que sin importar si son de derecha o izquierda, no ha habido ni hay dictadura que no haya recurrido al crimen.

Pero el punto que quiero proponer esta vez es que, refiriéndome a los riesgos, la descalificación, la estigmatización, el insulto pueden ser excluidos en nuestras conversaciones y debates, si reconocemos que así como podemos pensar y opinar con libertad, podemos aprender a disentir. Saramago dijo que disentir es uno de los derechos que le faltan a la Declaración de los Derechos Humanos, y aunque algunos creamos que se trata de un derecho implícito en la Declaración, dada la vasta experiencia de la humanidad hubiera sido acertado incluirlo expresamente.

Termino esta nota con otra referencia personal. Aunque llevo varios años publicando lo que escribo en medios como “Página 3”, mi experiencia compartiendo lo que escribo en el Facebook es más bien reciente. Ha sido y es realmente interesante. Una de las novedades para mí, ha sido reencontrarme después de muchos años con compañeros de la secundaria, la mayoría de los cuales generalmente no concuerda conmigo, y que sin soslayar su discrepancia tienen la capacidad de expresarla con respeto, y hasta con afecto. Lo mismo hago. Es decir, se puede opinar, y disentir, sin que constituya un riesgo.