Germán Vargas Farías

Que hay personas afectadas por los resultados de las recientes elecciones no cabe duda. La decepción y la tristeza es comprensible cuando participas en una contienda electoral, te preparas responsablemente, te esfuerzas, inviertes tiempo y dinero, y lo que resulta no es lo que esperas.

Las personas que deciden incursionar en la política, a través de algún partido, agrupación o movimiento, saben –supongo- que eso puede pasar. Si compites, apuestas, peleas, puedes ganar o perder. Pasa en la política, lo mismo que en cualquier otra actividad. Importa entonces cómo lo asumes, cómo compites, y cómo reaccionas frente a los resultados.

Lo que hemos visto ciudadanas y ciudadanos es variopinto. Candidatos y candidatas centradas en dar a conocer sus propuestas y en debatirlas de ser el caso, otros poseídos de una arrogancia apenas disimulada y mezquinando intentos, “ratoneando” para decirlo en términos futboleros, otros rebuscando oportunistamente para decir aquello que la gente quiere escuchar, o planeando como dañar al adversario más que en concebir formas, proyectos, para lograr el bienestar de la gente.

Oportunista fue, por ejemplo, el ex candidato a la alcaldía de Lima, Julio Gagó, cuando en el debate municipal reclamó al presidente Vizcarra por, supuestamente, promover “la familia gay”, creyendo que apelando al conservadurismo de la mayoría de la población, y prometiendo él mismo defender la “familia natural”, se ganaba alguito. Pasó de oportunista a repugnante cuando nos enteramos que ese adalid de la familia se niega a reconocer a una hija.

Reacciones como las de Daniel Urresti, otro ex candidato a la alcaldía de Lima, que primero dice ser respetuoso de lo que decide el pueblo, y un rato después afirma que los choros (del mercado) de Las Malvinas han ganado la elección; o las de Ricardo Belmont que habla de un posible fraude en las elecciones, basándose en que “todo el mundo lo dice” y mencionando los facebooks y las redes sociales como fuente, son evidencias claras de irresponsabilidad política, y de una ausencia de talante democrático que les descalifica.

Pero como casi siempre, tratándose de la política, nos podemos encontrar con cosas peores, aparece Mauricio Mulder, el sobrevalorado congresista aprista, para echarle la culpa del fracaso de su partido al “corrupto” y “antiaprista” Jurado Nacional de Elecciones, al cual maldice y amenaza.

Si reacciones como las de Urresti y Belmont denotan irresponsabilidad política y ausencia de talante democrático, la de Mulder revela eso más soberbia y prepotencia.

A las reformas constitucionales, políticas y judiciales anunciadas, y ya en proceso, deberíamos sumarle una exigencia por reformas éticas que adecenten la política nacional, regional y local.  Para eso no es preciso una iniciativa presidencial, ni referéndum alguno, podríamos empezar a implementarla nosotros mismos. Con esfuerzo, con responsabilidad, y valorando cada intento. Si lo hacemos así, podemos confiar, tarde o temprano ganaremos.

La decepción y la tristeza es comprensible cuando participas en una contienda electoral