Por Germán Vargas Farías

En el transporte público de Lima y de otras ciudades del país había un personaje muy peculiar. Su oficio consistía en anunciar a gritos las principales avenidas en el recorrido de los microbuses, e invitarte a subir en la combi o ‘micro’ de turno. Les llamaban ‘jaladores’, y los mejores -para choferes y cobradores- eran aquellos que captaban al pasajero, y adicionalmente se encargaban de ‘acomodarles’, de modo tal que la unidad de transporte no se viera llena, y otros se animaran a subir.

‘Ya pe’, colabore, avance señor, señora’, ‘allí tiene espacio’, ‘deje pasar pe’ tía’, decían, tratando de hacer méritos por una pequeña moneda que, por lo general, cuando el carro partía el cobrador les arrojaba. Siempre tuve curiosidad por saber cuánto lograban recaudar esas personas, nunca me atreví a preguntarles. Leí una vez que la mayoría era gente de malvivir, no lo creo. Había seguramente algunos, pero ya en el último año varios venezolanos habían incursionado en esa actividad.

Aunque en el contexto de la pandemia el servicio de transporte público es considerado un servicio esencial porque permite además el funcionamiento de otros, la labor de los ‘jaladores’ es tan prescindible que nadie se ha acordado de ellos.

O, casi nadie. Los menciono no para reivindicar ese oficio, si no para visibilizar a personas con ocupaciones con apariencia tan insignificante, que tal vez no habíamos reparado que así, haciendo eso, lograban reunir algunas monedas para comer. Son personas como estas, las que viven del día a día.

Seguramente usted conoce personas que viven así. Son muchas. Algunas se dedican al comercio ambulatorio, conducen mototaxis, venden diarios, cortan el cabello, reparan zapatos, pasean perros, hacen duplicados de llaves, o arreglan bicicletas, laptops o celulares. Hay más, continúe la lista si quiere.

Si solo contáramos a los recicladores, los ministerios de Trabajo y del Ambiente estimaban, hace un año, que habían cerca de 500,000 en el país, reunidas en 180,000 familias. Vivían del reciclaje, del día a día.

Ahora estas personas no pueden ejercer sus empleos, no generan ingresos, y no pueden comprar jabón para lavarse las manos, ni alimentos para comer. No están en esa condición por flojas, ni irresponsables; simplemente, no pueden trabajar.

Algunas de ellas recibieron el bono de 380 soles, y quizás el otro después. Los ‘jaladores’, sospecho, no recibían más por lo que hacían pero, sin cuarentena, podían ‘recursearse’, haciendo cualquier otra actividad.

He aprobado las medidas de confinamiento decretadas por el gobierno, me parece que han sido las correctas, pero creo también que debe evaluarse la flexibilización de algunas, tras cuarenta y cuatro días de cuarentena.

Por situaciones como estas es que aprecio el empeño de personas que dicen, advierten y reclaman que es injusto criticar a la gente que sale a las calles a pesar de la reiterada recomendación, ruego o mandato de quedarse en casa.

Se asume que salen para buscar alguna manera de generarse ingresos y, sí, creo que esa es una realidad. En esos casos no se trata de soberbia, negligencia, ni falta de solidaridad. Pero cierto es que hay también de los otros.

Escribí todo esto para sugerir que haríamos bien en no generalizar nuestras críticas. De nada sirve dedicar tiempo para atribuirle al otro malicia, indolencia o necedad. La situación seguirá siendo dura y lo será más para varios millones de personas que, como los ‘jaladores’, vivían del día a día. Por ellos, al menos, un poco de mesura.