Germán Vargas Farías

“Porque esta es una reforma necesaria, por la que vale la pena arriesgarse”, ha sido una de las frases vertidas ayer por el primer ministro Salvador del Solar al sustentar ante el Congreso de la República la cuestión de confianza solicitada por el Poder Ejecutivo.

Tras cerrarse la sesión del pleno del Congreso, se pospuso para hoy miércoles su reanudación, pero cualquiera que sea la decisión del parlamento, lo evidente es que el conflicto persistirá. Leo y repaso las declaraciones de los voceros de varias de las principales organizaciones políticas y lo que advierto es una desconfianza extrema pese a que –ahora- todos dicen querer la reforma.

Si eso es así, ¿por qué estamos frente a la posibilidad, de rechazarse la cuestión de confianza, de que se disuelva el Congreso de la República?

Si el Congreso le deniega la confianza, todo el gabinete ministerial debe renunciar. Ese, supongo, es el riesgo al que se refiere del Solar y, es verdad, si el objetivo de largo plazo de la reforma política es fortalecer una democracia que resista y combata con firmeza la corrupción, dejar de ser ministro o ministra de Estado debiera ser lo menos importante.

Pero si la mayoría en el Congreso rechaza la cuestión de confianza, se expone a su disolución. Y esta vez, no como aquél fatídico día del 5 de abril de 1992, la disolución del Congreso de la República sería una medida amparada en la Constitución, que la establece como una facultad que le corresponde al presidente de la República.

Ese escenario que algunos consideran el peor, es para otros el más auspicioso. De hecho, nadie se rasgaría las vestiduras si, de ser el caso, el presidente Vizcarra disuelve el Congreso y nos libra de esperpentos y oportunistas como Moisés Mamani, Héctor Becerril, Julio Rosas y varios otros y otras.

El verdadero peligro que enfrenta nuestro país, ha dicho también del Solar, es seguir como estamos, y coincidiendo con ese aserto la cuestión, creo, es preguntarnos cómo hacemos para que no sea así.

Reforma política, claro que sí, pero en serio. Reforma política que no se desvirtúe ni posponga para dar paso a un “entendimiento” con el que nadie pierde, excepto el país. Es decir, para seguir como estamos.

Si eso pasara, si el gobierno de Vizcarra cediera y negocia con los que ahora le llaman dictador, terminaría reeditando a su antecesor en el cargo y traicionando a la gente que movilizándose ha acompañado sus iniciativas para luchar contra la corrupción.

“Son días de grandes decisiones” ha dicho el presidente y esperemos que sepa, oportunamente, tomarlas. Para ello tiene que resistir el chantaje revestido de un afecto por la democracia que nunca han tenido, de una mayoría en el Congreso cuyo desparpajo no tiene límite. El Congreso más mediocre, disoluto y achorado que recordemos, le reclama al gobierno por pretender, dicen, imponer una reforma arrinconándolos y usurpando sus funciones.

Por eso, la duda expresada ayer por Verónika Mendoza, respecto al cambio de actitud de la mayoría parlamentaria, es razonable y la comparten personas y grupos políticos que incluso difieren de la lideresa de Nuevo Perú.

Si otorgan la confianza, dice Mendoza, no lo harán por un compromiso con la reforma política, lo harán para aferrarse a su curul, su sueldo y su inmunidad”.

Desde una postura política e ideológica distinta, Julio Guzmán, líder del partido Morado, coincide con Verónika Mendoza en que los congresistas de la mayoría están preocupados por el riesgo de perder su inmunidad y no quieren una reforma política.

Guzmán cree que el Congreso le dará el voto de confianza al Ejecutivo pero que, una vez más, lo “tratará de mecer”.

Queda claro que aunque hoy se apruebe la cuestión de confianza presentada por el gobierno, la duda persistirá, ¿o seguimos como estamos, o somos testigos y protagonistas del inicio de una reforma política que hace rato merecemos?

“Si el objetivo de la reforma política es fortalecer una democracia que resista y combata con firmeza la corrupción, dejar de ser ministro o ministra de Estado debiera ser lo menos importante”