Germán Vargas Farías

¿Qué puede inducir a un hombre que no es tonto a decir tonterías?, se preguntaba, hace más de diez años, Mario Vargas Llosa en su columna Piedra de Toque (“El Perú no necesita museos”), para referirse a Ántero Flores Aráoz, entonces ministro de Defensa, y experimentado político que había hecho “una distinguida carrera en el Partido Popular Cristiano”

“Dos cosas, profundamente arraigadas en la clase política peruana y latinoamericana -reconocía el escritor- la intolerancia y la incultura”.

Se refería Vargas Llosa, a la negativa del gobierno peruano, expresada por el, también, ex embajador de Perú ante la Organización de Estados Americanos-OEA, de aceptar una donación de dos millones de dólares del gobierno alemán para la construcción de un lugar de memoria, arguyendo que en un país donde hacían falta tantas escuelas y hospitales y donde tantos peruanos pasan hambre, un museo no puede ser una prioridad.

No voy a repetir ahora toda la inteligente réplica de Vargas Llosa, pero sí algo que me pareció contundente y fácil de entender, aún para una mente tan estrecha como la de Flores Aráoz: “Según esta filosofía, los países sólo deberían invertir recursos en defensa de su patrimonio arqueológico, monumental y artístico una vez que hubieran asegurado la prosperidad y el bienestar para toda su población”. Si semejante pragmatismo hubiera prevalecido en el pasado, añadía el Nobel de Literatura, “no existirían el Prado, el Louvre ….. y Machu Picchu hubiera debido ser rematado en subasta pública para comprar lápices, abecedarios y zapatos”.

He recordado esa anécdota, en estos últimos días, a propósito de conversaciones y reuniones sobre negacionismo, revisionismo y fundamentalismos en las Américas.

Lo que ocurre ahora, sin embargo, es más grave aún. No solo se trata de personas que no son tontas y dicen tonterías, se trata de personas que creen tener la atribución de negar o regatear los derechos de otras, y que lo dicen con tal desparpajo que, además de intolerancia e incultura, revelan un absoluto irrespeto por la dignidad de los demás.

Anteayer, en el marco del 174 periodo de sesiones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), presentamos un informe sobre el impacto del fundamentalismo religioso en la agenda de los derechos humanos, principalmente de los derechos de las niñas, niños y adolescentes, y lo hicimos en representación de un conjunto de organizaciones basadas en la fe y de derechos humanos de Perú, Brasil, Colombia y Paraguay.

Lo que dijimos es algo que avizorábamos hace varios años, y sobre lo que he escrito más de una columna en este y otros espacios: una de las mayores amenazas que se cierne sobre la democracia y vigencia de los derechos humanos en nuestros países es la presencia y activismo del fundamentalismo religioso.

En nuestra disertación, y en el amplio informe que entregamos a la CIDH, presentamos bastante evidencia demostrando que no es una simple percepción, si no que estamos frente a una forma de participación religiosa que instrumentaliza el derecho a la libertad de creencia, y se alinea con la pretensión de desmantelar políticas públicas favorables al derecho a la educación sexual, la educación en género y a vivir libres de violencia, en un escenario de des-democratización mundial que amenaza con volvernos a un tiempos “pre-revolución francesa”.

Intentan imponer una agenda “moral”, cuyo defecto principal es que colisiona con normas y estándares internacionales de derechos humanos y que, según el informe de Freedom House, (Freedom in the world 2019) “dañan internamente a las democracias a través de su actitud despectiva hacia los derechos civiles y políticos centrales y debilitan la causa de la democracia en todo el mundo con sus reflejos unilaterales”

Estamos hablando, parafraseando a Vargas Llosa, de un fundamentalismo que les impide diferenciar lo feo de lo bello, lo inteligente de lo estúpido, lo bueno de lo malo y lo tolerable de lo intolerable. Eso que el Nobel llama cultura, y que mínimamente significa respeto.

«No solo se trata de personas que no son tontas y dicen tonterías, se trata de personas que creen tener la atribución de negar o regatear los derechos de otras»