Eiffel Ramírez Avilés

En coloquial arranque, cuando presentaba el libro ‘Walden’ de Henry David Thoreau, el escritor Benavides Ganoza dijo hace poco: «Triste sería la imagen del imperio americano sin personajes como Thoreau y Emerson, por solo recordar a estos dos grandes gringos». Hay que agregar, pues, a otro estadounidense más, a Prescott. Hacia 1837 éste publicó su ‘Historia del reinado de Fernando e Isabel’, dejando asombrado a sus lectores; hacia 1843 sacó a la luz su ‘Historia de la Conquista de México’, que le elevó a la fama universal; hacia 1847 apareció su ‘Historia de la Conquista de Perú’, confirmando su excepcional prestigio. Y todo ello lo escribió usando apenas un ojo por horas, casi ciego.

Debo confesar que, asaltado por la esquizofrenia de leer libros actualizados, había desdeñado en su momento coger aquella ‘Historia de la Conquista de Perú’. Pensaba así: qué dato podía añadir un erudito antiguo frente a los ya conocidos sucesos y que han sido constatados por los modernos; si Atahualpa cayó en 1532 o si Pizarro sufrió el ataque por los de Chile en 1541, qué novedad me podía traer un anticuado ejemplar. Sin embargo, luego de la revisión de esa obra, hubo un giro importantísimo en mi concepción; luego de su punto final, me percaté de las entrañas de la historiografía: el historiador no tiene que cambiar los hechos del pasado; tiene que cambiarnos a nosotros, esa es su labor.

Y Prescott logra tal objetivo con dos métodos sencillísimos pero que muchos historiadores obvian, porque en sus herméticos laboratorios de academia no desean que ingrese ni una brisa, ni ningún polvo. El primero es la revitalización de los documentos y anales, la resensibilización del ayer: William Hickling apuesta por revivir lo ocurrido, darle otra vez color y sonido. Él mismo lo dice en el prefacio: «Mi objetivo ha sido mostrar esta misma historia con todos sus detalles románticos, no retratar únicamente los rasgos característicos de la conquista, sino rellenar el perfil con el colorido de la vida, para mostrar una representación fiel de la época». No se equivoca: en sus páginas resuenan las tizonas; se escucha el grito de los indios tras las laderas; se siente el aire lastimero en los funerales del inca. Resulta increíble que una persona casi privada de la vista, cuya lengua madre no era ni el español ni el quechua, que jamás estuvo en el Perú, haya podido conseguir tan ricas imágenes de nuestro territorio y gentes. Podemos culpar a los románticos de imaginativos y, por ende, de poco exactos; pero dan –y envidiemos esto– con el timbre de la naturaleza de las cosas.

El segundo recurso es el uso de la psicología. Prescott tiene la virtud de conocer bien a sus personajes: sabe de sus ambiciones, angustias y defectos; los exhibe y desnuda con asaz perspicacia. A Atahualpa lo muestra de expresión fiera mas de actitud estoica ante su próxima muerte; de Almagro descubre su inocencia, su falta de confianza en sí mismo; de Pizarro nos dice que tuvo astucia, pero no habilidad política. Pueda que no sea certerísimo en sus calificaciones —cabe, en fin, las discrepancias—, no obstante, ahí está el atrevimiento de quien anhela exponer los hechos en conjunción armónica no con peleles, sino con hombres de carne y hueso.

Comprobó el autor, con su ‘Historia de la Conquista de Perú’, su ecuanimidad. No se le puede tildar ni de antihispánico, ni de defensor de los indios. Quizá debido a su condición de extranjero en este choque cultural, mantuvo cierta neutralidad. Pero eso sí, no hubo indiferencia: juzgó a ambas culturas por igual, las reveló en su lado civilizador y hazañoso, asimismo en su faceta tiránica y cruel. Fuera de ello, sería esta ecuanimidad la que nos deja un sinsabor en su trabajo: una falta de pasión. Esto último, por supuesto, ya es exigencia de un lector anómalo y sudamericano. ¿Si el alma de Prescott, elucubro, estuviese recorriendo por fin algún paisaje peruano?…

 «El historiador no tiene que cambiar los hechos del pasado; tiene que cambiarnos a nosotros, esa es su labor»