Por Valentín Sánchez Daza

Por entonces vivía en Tingo María, en un cuarto de una casa de dos pisos de material noble, cerca del hospital. Todas las mañanas, a eso de las 6:30, salía rumbo a mi trabajo. Hacía el trayecto a pie, aprovechando que todavía no salía el sol tórrido de la selva. Antes, muy temprano, ganaba la ducha a los demás inquilinos: un abogado, una profesora, los hijos del dueño del edificio y una estudiante universitaria. Un lunes, cuando bajaba la escalera de caracol, me topé con una muchacha que subía. Era trigueña, bajita, de pelo negro y vestía un holgado buzo rosa. Nunca la había visto antes.

Yo trabajaba en el área de Comunicaciones de la Universidad Agraria. Ni bien llegué a la oficina, me dieron la tarea de grabar el Congreso de Estudiantes de Administración que comenzaba esa mañana. En la puerta del auditorio, como anfitriona, estaba Susan, mi vecina estudiante, mostrando su agraciada figura en ajustada prenda. Ella me guiñó un ojo, muy coqueta, muy tocachina, mientras yo, fingiendo no verla, pasaba de largo por su lado a fin de registrar la ceremonia de inauguración del congreso que estaba por comenzar. Aquella noche llegué molido a mi cuarto, cansado de registrar conferencias, exposiciones y mesas redondas, pero al final me alivié con una ducha de media hora y un cigarrillo piteado con parsimonia, recostándome en una de las mecedoras del espacioso balcón de la casa.

—Sobrado eres—dijo Susan, que apareció de súbito por el pasillo.

—No te vi, de veras—dije—. Toma—añadí, alcanzándole un cigarrillo—. No te molestes. No es bueno entre amigos.

Ella quiso decir algo, pero se contuvo. Esquivó mi mirada y se acomodó en la otra mecedora.

Estuvimos fumando un buen rato, sin decirnos nada, hasta que la muchacha que vi temprano asomó por la escalera de caracol. Saludó y abrazó con entusiasmo a Susan y se fue, con pasos cortos, por el pasillo, luego de decirme que se llamaba Mireya. Susan me contó entonces que era su paisana, que vino al congreso y que se quedaría en su cuarto toda la semana. Yo aproveché esos pocos segundos para verla mejor: tenía un rostro bonito, un culito redondo y firme, unos senos como zapotes, y caminaba con ese aire provocativo y desinhibido que poseen las chicas de la región.

—El viernes acaba el congreso—dijo Susan—. Habrá fiesta. Si quieres, vamos—agregó antes de irse a su cuarto.

Al poco rato subieron los hijos del dueño, después de cenar. “¿Viste a la huésped de Susan?”, preguntó Ronald, el menor. “Está como se quiere”, dijo Julio, relamiéndose los labios y haciendo con las manos la figura de una cosa grande. Yo sonreí y respondí que sí. Los muchachos tenían las hormonas borboteando y así se referían a las chicas, algo que me incomodó cuando los conocí, pero que terminé por tolerar. “Hay que invitarla a pasear”. “Luego unas chelitas”. “Con unos traguitos cae”. “Después a darle curso”. Yo los escuchaba sabiendo que uno de ellos, o los dos, harían el intento. Boté mi cigarrillo y me despedí.

Pasaron los días y la madrugada del sábado unos alaridos me despertaron. “¡Huy, qué calor! ¡Qué comezón!, ¡Estoy que ardo!”, decía la voz cuya intensidad iba cobrando mayor fuerza a cada momento. Con sigilo, me levanté y caminé desnudo hacia la ventana que daba al pasillo. Apliqué el oído. Era Mireya, que regresaba de la fiesta del congreso y estaba ebria, sumamente ebria. “¡Tengo ganas! ¡Tengo ganas!”, repitió e ingresó a su cuarto. Eso supuse porque oí el golpe de la puerta. Me disponía a volver a la cama,  luego de pensar un rato en mi situación afectiva, cuando la puerta nuevamente se abrió. “¡Quiero un hombre! ¡Un macho de esta tierra! ¡Estoy aquí, desnuda, para el que sea!”, gritó la chica. Y se puso a correr de un lado a otro por el pasillo. Sentí una agitación en el cuerpo, una electricidad. Abrí lentamente una hoja de la ventana para verla, pero justo en ese instante también lo hacían los hermanos. Nos vimos de frente, mientras la muchacha estaba por el balcón, gritando hacia la calle. Sonreímos con complicidad e hicimos gestos hasta que yo dije que no con la cabeza. Mientras ellos encendían la luz y se aprestaban a salir, yo cerré la ventana. Me volví hacia la cama. Ahí estaba Susan, durmiendo, desnuda. Habíamos bailado duro en la fiesta y nos volvimos temprano porque ella quería pasar la noche conmigo. La miré y supe que nuestra relación pronto llegaría a su fin.