Germán Vargas Farías

Llegué a Lima en febrero de 1980, con el propósito de estudiar en la universidad y, excepto entre el 2002 y 2007, he residido en la capital desde entonces. Lince, Cercado, La Victoria y San Juan de Lurigancho, en Lima; y La Perla y Bellavista, en el Callao, son los distritos donde viví siendo estudiante. Ya egresado y casado, mudé cuatro veces de domicilio entre otras zonas de Cercado, y Pueblo Libre mi actual distrito.

Mis trabajos iniciales en Lima fueron eventuales. Un verano vendí marcianos en la plaza San Martín y en el Circuito de Playas, trabajé como repartidor de revistas y libros de derecho laboral durante algunos meses, y fui operario de limpieza en un laboratorio farmacéutico y en el Banco de la Nación, nada menos. Mi recorrido laboral me permitió conocer y pasar bastante tiempo por Surquillo, Breña, San Isidro, entre otros distritos.

Lo que quiero decirles, contándoles esto, es que conozco buena parte de la ciudad. He andado por ella a toda hora y he podido disfrutar de la amabilidad de Lima muchas veces, y me he acostumbrado y creo que he sabido enfrentar, como la mayoría de quienes viven aquí, su característica hostilidad; esa que es tan palmaria en el transporte público, y cuando se trata de seguridad.

En los 80, y aún en los 90, cuando a la gente se le preguntaba sobre los principales problemas de Lima y del país, la respuesta era el terrorismo, la pobreza y el desempleo. Hoy, y desde hace varios años, no hay encuesta que diga otra cosa: la inseguridad ciudadana. Y lo que dicen, también, es que año tras año la sensación de inseguridad se va incrementando.

A partir de un hecho que luego relataré, he estado haciendo memoria y he llegado a contar siete incidentes en los que me robaron, o lo intentaron. En 32 años han sido siete robos o tentativas, y todos –excepto uno- se produjeron entre 1980 y 2000.  En La Victoria (2), Cercado – Plaza 2 de Mayo (1), Cercado – Av. La Colmena (1) y Zárate – San Juan de Lurigancho (2). Hace diez años retorné a Lima, y ningún percance había tenido hasta este fin de semana. El sábado por la noche, para ser preciso.

Regresaba a casa luego de disfrutar del teatro de Yuyachkani, y una cuadra antes de llegar dos tipos aparecieron por atrás, empezando una escena tan breve como intensa. No habrá durado más de 20 segundos. En ese lapso creí primero que podía tratarse de la broma de algún conocido, de un operativo policial, hasta que viéndolos armados me di cuenta que se trataba de un atraco. Como para confirmar sus intenciones uno de ellos me mentó la madre, y el otro golpeó mi cabeza con la cacha de su revólver.

En pocos segundos calculé mis posibilidades de salir bien librado del asalto, y descubrí que eran nulas. Mantuve la serenidad y no resistí. Tomaron mi mochila, mi celular, y arrancaron. Mis lentes se empañaron por la sangre que brotaba de mi cabeza, y no tuve ganas de seguirlos ni con la mirada.

En los próximos 60 segundos recibí dos muestras de solidaridad. Un taxista detuvo su auto ofreciendo llevarme a casa, y el tendero de la esquina me permitió hacer una llamada y me regaló un papel higiénico para tratar de quitar la sangre de mi cara.  Quería llegar a casa lo más presentable que fuera posible. Cuando mi hija Claudia abrió la puerta y vi su expresión, supe que no lo había logrado.

Este relato podría hacerlo más largo aún, pero la extensión de la columna no lo permite. Lo terminaré con algunas, digamos, conclusiones. Primero, en 20 o 25 años soporté más incidentes, pero ha sido el último suceso –y ese es un rasgo de la mayoría de estos crímenes en este tiempo –  el más violento; Segundo, es evidente que la policía, el serenazgo o cualquier otro cuerpo de seguridad pública no tiene capacidad suficiente para protegernos, corresponde que demandemos servicios más eficientes y, a la par, aprender a cuidarnos, empecemos por prevenir los riesgos; y Tercero, recordando lo sucedido me doy cuenta que fueron 20 segundos de agresión, 60 segundos de solidaridad, y muchas horas y días (hasta ahora) de afecto.

Nos puede enojar, y está bien que así sea, el crimen, la inseguridad y la ineficiencia de las autoridades, pero podemos enfrentar todo eso sin alejarnos del derecho, y con solidaridad.