Germán Vargas Farías

Un conocido dicho de Mafalda, presentado en una reunión de activistas y especialistas en derechos de la niñez que trabajan en diversos países de América Latina y el Caribe, nos sirve para repensar eso que constituye un riesgo para personas que, siendo de buena voluntad, por pereza, cansancio u otros motivos, se entregan al conformismo y, a veces, el cinismo.

«¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!», dice la famosa niña, con la agudeza y naturalidad que 53 años después la mantiene tan vigente.

Imposible no asociar una máxima como aquella, con tantos casos y personajes que además de confirmarnos que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra, nos recuerdan que es posible ser un genio, o el más instruido de la comunidad y, a la vez, carecer absolutamente de sentido común.

La política peruana podría ser un buen ejemplo, si no fuese porque no existen genios allí y, parafraseando a Mafalda, si hay personas instruidas están de incógnito. La situación se agrava exponencialmente (ojalá fuese una exageración), si hablamos del Congreso peruano. Y aquí permítanme una confesión. En serio, y a pesar de la mayoría fujimorista, creí que este congreso sería algo mejor que el anterior. Me equivoqué rotundamente. Tanto que no puedo dejar de pensar que, parafraseando a Mafalda otra vez, «¡la sopa es a la niñez lo que el Congreso peruano a la democracia!»

Podríamos repasar varios otros ámbitos, y las muestras de alienación, falta de sentido común y otras taras más, serían infinitas. Por favor, si acaso exagero díganmelo. Quienes me conocen saben que soy optimista, pero les aseguro que la polémica generada respecto al lugar donde el papa Francisco celebrará una misa en enero del 2018, tan cargada de absurdos y mezquindades, casi me hace perder la fe en la humanidad.

Felizmente ese vergonzoso asunto se zanjó. No puedo dejar de anotar que resulta curioso que el cardenal Juan Luis Cipriani, uno de los responsables —acaso el principal— de este embrollo, dijese ayer que había aceptado el cambio de sede (se ha confirmado que la misa será en la Base Aérea Las Palmas), para cortar el clima de polémica y  para que prime el sentido común.

Y, sí pues, en parte se trata de sentido común, esa cualidad que muchas veces desdeñamos, y que siendo tan básica nos ayuda a distinguir lo que sirve o perjudica, y a vivir práctica y razonablemente.

Por eso es que presentar, o volver, a Mafalda en estos tiempos puede ser una invitación a recuperar la sensatez si algún día la tuvimos, o a dejarnos inquietar por lo realmente importante: la vida, la paz, la humanidad, la injusticia, los derechos humanos.

Si como se hizo ayer, invitásemos más frecuentemente a esa niña campechana y sagaz, reconoceríamos que nos hemos dejado abrumar por prejuicios y estereotipos, y por conveniencias ridículas que nos deshumanizan. Está bien que —parafraseo por última vez a Mafalda— hayamos sido hechos de barro, pero salgamos de una vez del pantano.

«En parte se trata de sentido común, esa cualidad que muchas veces desdeñamos, y que siendo tan básica nos ayuda a distinguir lo que sirve o perjudica, y a vivir práctica y razonablemente».