Germán Vargas Farías

“La decisión de Sophie” es una de las películas más notables y conmovedoras que pude ver en los ochenta. Recuerdo haberla visto en el auditorio de la cooperativa Santa Elisa, hoy desaparecida y que, según se decía, era la más grande institución en su género de Latinoamérica. Allí, en la cómoda butaca de aquel cineclub, me emocioné con la historia y me maravillé con las actuación de Meryl Streep, que destaca entre quienes la protagonizaron.

(A propósito, quienes hemos visto la película podemos también afirmar que cuando Donald Trump dijo que Meryl Streep era una de las actrices más sobrevaloradas de Hollywood, lo que estaba mostrando al mundo es una evidencia más de su idiotez).

La película relata la historia de una mujer polaca y madre de dos pequeños, un niño y una niña, que, estando internada en un campo de concentración nazi, es obligada a elegir uno a quien salvar. Sophie no quiere perder a sus dos hijos, y su elección marcaría trágicamente su vida.

La vida nos puede colocar en situaciones que nos obliguen a tomar una decisión extrema, y que sea cual fuera afectará nuestro destino. Nadie quisiera estar en circunstancias así, pero si nos tocara solo cabe tener el valor para actuar con dignidad.

Lo que hemos visto con ocasión de la Navidad, por algunas razones  que espero poder presentarles ahora me hizo recordar la película. Advierto que se trata de situaciones muy diferentes, pero hay detalles en la decisión de indultar al dictador que, además de afectar el destino de PPK, tendrán un impacto aún incierto en la democracia de nuestro país.

En la película los protagonistas mienten, Sophie miente, pero lo hace tratando de salvarse. Crea un mundo ficticio que les permita vivir, pero éste se derrumbará. La mentira no sirve como columna, no puede sostener la vida y ésta terminará. PPK, en las antípodas del glamour de Sophie, y de la actriz que la interpreta, ha construido un mundo sostenido sobre mentiras a las que ha añadido indolencia y cobardía.

No es el protagonista de una historia en la que se mezclan, como en “La decisión de Sophie”,  la nostalgia, el dolor y la ternura; es el intérprete comedido de una farsa que pretende sea considerada humanitaria y democrática, cuando lo que denota es vileza y turbiedad.

Llama excesos y errores graves a crímenes terribles; confunde odio con indignación, democracia con impunidad, y justicia con olvido; y dice haber perpetrado el indulto por el futuro del país y nuestros hijos, cuando lo que quiere es seguir en el poder sin importarle presidir un gobierno tramposo y tambaleante.

A Sophie la obligaron a tomar una decisión dolorosa, que le va restando la vida. Uno termina de ver la película y no se atreve a reprocharle nada. PPK negocia subrepticiamente, engaña a quienes debe su elección y le defienden y, a diferencia de Sophie, no le agobia ni el pesar ni la culpa. Uno termina comprendiendo lo que ha pasado, y lo que siente es asco.

El suicidio de Sophie y Nathan, su pareja, marca el final de la historia. En la escena yacen, en su lecho, tranquilos y abrazados. No me atrevo a vaticinar el final de PPK, pero sé con quien ha elegido terminar abrazado, y que por efecto de su traición no gobernará tranquilo.

La película no es optimista, y pareciera no haber salvación. En nuestro país lo que ocurra será distinto. La rabia y el amor que he podido percibir en los miles de manifestantes que han tomado las calles, el afecto de los jóvenes por la democracia, y la solidaridad militante con las víctimas, ofrece y suscita esperanza.

PPK ha dicho que somete su decisión al tribunal de la historia, y así será. La lucha por la democracia pasa hoy por recuperar la decencia, y podemos estar seguros que a los que incurran en traición o la trampa la historia no los indultará.