Los peruanos amanecimos ayer con una dolorosa noticia: El Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS por sus siglas en inglés) amplió a 14 meses la suspensión al futbolista peruano Paolo Guerrero, por dar positivo “para benzoilecgonina, principal metabolito de la coca y sus derivados como la cocaína, en un control antidopaje realizado tras el partido disputado el 5 de octubre de 2017 por la selección peruana frente a la de Argentina en La Bombonera de Buenos Aires, que terminó 0-0” (El País).

Para el TAS, ha quedado demostrado que el jugador incumplió la normativa antidopaje y pese a “no pretender mejorar su rendimiento con la ingesta de una sustancia prohibida, actuó de manera negligente, ya que podía haber adoptado medidas para prevenir la comisión de una infracción de dopaje”, reseñó el diario español El País.

Si bien la pena puede estar estipulada en la reglas aplicables de la FIFA, resulta desproporcional, lo que genera una sensación de injusticia antes que de justicia.

Con 34 años a cuestas, la sanción del TAS deja a Guerrero no solo fuera del Mundial, sino también condena al futbolista a truncar su carrera deportiva.

La proporcionalidad de la pena es un principio en la administración de justicia, incluida la deportiva, orientada precisamente a evitar que la sanción sea mayor del daño causado. ¿Qué daño causó Guerrero con la ingesta del mate de coca? Ninguno, y lo ha confirmado el TAS. Pero el daño que causa el TAS con su fallo a Guerrero es irreversible. Y eso no es justicia, es un abuso.