Eiffel Ramírez Avilés

A contraparte de los egotismos de los grandes intelectuales, Jesús Mosterín es el que ha dado más bien brillo y esplendor a tantos otros. Ha buscado asumir el rol del bondadoso anfitrión que abre las puertas a todos los humanes –el uso es suyo– para que disfruten de los logros del intelecto. En una admirable vocación, parece haber pasado por este mundo solo para divulgar: ciencia, filosofía, conocimiento, compasión. «Trovador del saber», le llamaríamos desde nuestro rincón.

Y si queremos ejemplos, cojamos su colección de Historia de la filosofía griega: breves, sencillos, verdaderos estímulos del pensar. No podemos menospreciar sus libritos como pasajeras introducciones. En su concisión, en su descripción amena de las teorías filosóficas, en sus anecdotarios y cortas biografías de los pensadores, encontramos vitalidad, frescura, aliento, en suma, una filosofía viva y, por ende, imperecedera. Cuán cansino resulta volver a Hirschberger, a Gomperz y hasta al mismo Guthrie, loables helenistas; en cambio, uno puede reabrir cualquier página de Mosterín y no detenerse en la lectura, como si siempre fuese la primera vez. Esta es la diferencia de su magisterio: una ininterrumpida invitación a aprender.

De esos hermosos trabajos, el español sacaría también su propia inspiración: Aristóteles (a quien todavía dedicó un tratado). Al igual que «el hombre que rema en todas las aguas», Mosterín asumió el ideal de la contemplación y el estudio de todo lo que estaba a su alcance. Además de la filosofía, siempre andaba atento a las investigaciones sobre lógica, biología, física, astronomía, historia de las religiones, etcétera. Saber por saber, debía ser su consigna. Como el Estagirita, no podía desperdiciar ni un minuto de nuestra capacidad de observación: entonces podemos imaginarlo recluido, con plena voracidad, en una biblioteca, o recorriendo, deslumbrado y feliz, una sabana africana para la recopilación de sus datos. Y consciente de que conocer implica difundir, no dejó de noticiar las novedades que hallaba.

Asimismo, su espíritu de naturalista lo llevó a aceptar su posición en este planeta: el de un animal más. Argumentaba que no éramos ninguna creación divina o un artificio aislado; sentenció que compartíamos el mismo destino que el de otras especies: moléculas, instintos, evolución, sexo. «Si quieres saber cómo es un animal –dijo en El reino de los animales–, mírate al espejo». Y este reconocimiento de sí mismo lo llevó a una consecuencia honesta y lógica: por qué si, como animales, sentimos dolor, no podemos deducir que también los otros seres lo sienten. Inflexible defensor de estos, creyó en sus derechos, se compadeció de su dolor ante el trato humano. Lean su objetivo pero conmovedor discurso antitaurino –Los toros y otros bovinos– que dio frente a una comisión del parlamento de Cataluña, desmitificando la penosa idea de los “toros bravos”. Estos, señaló, no son más que rumiantes que solo desean que «los dejen pastar y rumiar en paz». Y terminó por reprochar a los españoles su incivilización, les encaró la vergüenza nacional de sus corridas y hasta pidió un acto de desagravio público expresado en forma de reservas naturales a favor de los bovinos.

Pues, nadie en estos últimos tiempos combinó mejor vida y filosofía que Jesús Mosterín; comprometido, estudioso, propagador, recogió el exquisito fruto de nuestra inteligencia y  dedicación, y lo lanzó al mundo como esa multiplicación bíblica del pescado y el pan. Cada hoja suya es un pinchazo de curiosidad, un ‘por qué’, un ‘a qué se debe’; sus párrafos motivan círculos de debate; sus líneas causan la pasión de explorar nuestro derredor. Nunca se había visto a la filosofía, a la ciencia y a la cultura como una maravillosa e inacabable fiesta.

«Por qué si, como animales, sentimos dolor, no podemos deducir que también los otros seres lo sienten»