Germán Vargas Farías

Ya usted lo sabe. El año 2019 concluyó en Perú con una cifra de espanto: 164 feminicidios. Se dice que el número se incrementó en 9 % respecto al año anterior, y que es la cifra más alta registrada en los últimos diez años.

Por eso, y quizá por la inquietud que nos provoca esa realidad, uno de los saludos y deseos reiterados que muchas personas compartieron a inicios del año fue “por un 2020 donde cada chica que salga vuelva a casa sana y salva”. Conmovedora expresión más allá de lo pertinente que resulte. Desgraciadamente, no hace falta que niñas y mujeres salgan de casa para que sufran violencia.

Pero quedémonos con el anhelo compartido. No queremos más mujeres asesinadas, violadas, ni acosadas. Sin embargo, apenas habían transcurrido tres días, y ya la Policía Nacional reportaba nueve intentos de feminicidio en este nuevo año, cuatro en Lima y los otros cinco en La Libertad, Lambayeque, Puno y Ucayali. Parece que hubiera el propósito de seguir batiendo récords siniestros.

Cómo hacemos, entonces, para disminuir la violencia contra las mujeres?, ¿es acaso utópico rebajar la cifra de mujeres maltratadas y evitar que las asesinen?

Son numerosos los estudios sobre las causas de esta violencia y varias las medidas que se han adoptado para acabar con ella: incremento de presupuesto público, ampliación de la red de Centros de Emergencia Mujer, capacitación de la policía y de operadores del sistema de justicia, creación de fiscalías especializadas en violencia contra la mujer, penas más drásticas, entre otras. Todo importante, nada suficiente.

Poco se puede avanzar si no se entiende la necesidad y urgencia de un cambio cultural. Mayor inversión y profundizar las acciones emprendidas, sí, reconociendo que es el machismo lo que debemos con firmeza enfrentar. Hacerlo implica desmontar los estereotipos de género, afirmando una educación que fortalezca el pensamiento crítico, y cuestione todo lo que provoque la discriminación o exclusión de personas o grupos sea cual fuere la motivación.

Una joven universitaria de 18 años fue víctima de una agresión sexual en un vehículo de transporte público, en Lima. Un sujeto se masturbó, estando ella sentada a su lado. Sucedió al mediodía. La joven lo enfrentó y el depravado huyó. Había varios otros pasajeros en el microbús, pero ninguno, ni el chofer, reaccionó.

‘Indiferencia también es violencia’ decía una campaña emprendida hace algún tiempo por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, buscando generar un cambio de actitud en la gente para que se involucre en la lucha contra la violencia de género.

Y es que la indiferencia de familiares y vecinos es un factor de riesgo para las mujeres. Fue en otro bus de transporte público, también en Lima, donde un hombre sube, se toma el tiempo para rociar con gasolina a una pasajera, encender un fósforo y lanzárselo provocándole quemaduras en el 60 % de su cuerpo, y la muerte posterior. Eyvi Agreda fue asesinada por Carlos Hualpa, pero fue también víctima del machismo y la indiferencia.

Podemos prevenir la violencia de género si nos comprometemos con su eliminación. Empecemos por revisar, reconocer y erradicar las actitudes machistas en nosotros mismos y en nuestro entorno, y por revisar, reconocer y erradicar la indiferencia que nos convierte en cómplices de prácticas que maltratan, y matan.

«Desgraciadamente, no hace falta que niñas y mujeres salgan de casa para que sufran violencia»