“¡Gloria a Dios!, ¡Gloria a Dios!”, repetían los hermanos de la iglesia Asamblea de Dios la noche del domingo. Luego, se hizo el silencio. “Creí que era la presencia de Dios. Estaba en paz hasta que sonó ‘¡bum!’ Abrí mis ojos y mis hermanos estaban muertos”, recuerda conmovido el pastor evangélico Ernesto Cruz Salas.

Primitiva Pulido Salvador, la tarde del domingo 23 de marzo, le decía a su esposo: “Vamos pá, el pastor nos está esperando, vamos a rezar por nuestras almas”, recuerda Marcelino Reyes Fernández entre llantos porque su esposa con la que vivió más de 50 años no estará más con él.

Le dije: “Hija, no vayas, quédate conmigo” porque estaba mal de la pierna, pero se fue. “Voy a rezar por ti, viejo”, me dijo antes de irse. Tenía 68 años y ya no regresará.

A sus 72 años, Marcelino ha perdido a su compañera. “Espero estar pronto con ella”, dice lloroso viendo el cuerpo inerte de la madre de sus ocho hijos.

Eran las 8:30 de la noche aproximadamente, Marcial Alcedo Alvarado (27) conversaba en la esquina del jirón Bolívar con unos amigos cuando escuchó un ruido estremecedor. “Volteé y vi que la iglesia donde estaba mi madre se cayó. Corrí desesperado, ingresé, empecé a gritar para encontrarla, no sabía qué hacer cuando la vi parada en una esquina inmóvil, era como si estuviera muerta en vida”, cuenta al recordar que cargó a su madre Alejandrina Alvarado Pulido (66) para sacarla del lugar. “Está muy asustada y no deja de llorar, ha perdido a sus hermanos”.

Como pólvora se esparció la noticia del derrumbe de la iglesia. “Dios, Dios, que esté bien”, rogaba Mauricia Bonilla Malpartida mientras corría bajo la luz de la luna.

Al llegar, Mauricia encontró a su padre Aniceto Bonilla Camones. “La mitad de su cuerpo estaba enterrado, lo trasladamos al centro de salud y ahí murió a los pocos minutos”, recuerda entre lágrimas.

La noche del domingo, entre lágrimas y coros celestiales los pobladores levantaron los cadáveres de sus vecinos, amigos y familiares. La marcha fúnebre inició y los difuntos fueron llevados a sus casas a la espera de la llegada del fiscal.

Por la mañana, el frío lunes anunciaba el dolor de un pueblo olvidado. El fiscal Oscar Mamani llegó con el médico legista para el levantamiento de los cadáveres. “Traigan a todos”, se escuchaba por las vacías calles de Chaulán.

Envueltas en frazadas, las nueve víctimas fueron retiradas de sus viviendas. A paso lento, y hasta en carretilla, fueron llevados al auditorio de la Comisaría por sus familiares. “Ay, Dios, por qué”, cuestionaban con lágrimas los pobladores llevando los sombreros y prendas de sus difuntos.

Los cadáveres fueron revisados por el médico legista en medio de la muchedumbre que exigía no llevárselos para la necropsia. “Deben quedarse con nosotros, no se los llevarán, no hay nada más qué decir”, corrían los rumores en el salón.

La congresista Karina Beteta confirmó que hoy regresarán a Chaulán el fiscal y médico legista para certificar las muertes. “Ya no harán la necropsia”, indicó al señalar que se trata de una medida excepcional dadas las circunstancias.

Los ataúdes –que llegaron desde Huánuco– tuvieron que ser trasladados de mano en mano por el puente de madera que construyeron los pobladores en la quebrada Tulpaqanya, luego que el anterior fue arrastrado por un huaico.

“Nuestro pueblo está olvidado, estamos aislados, ojalá alguien se acuerde de nosotros luego de la muerte de varios hermanos”, expresaban los pobladores con resignación al final de una larga discusión tratando de buscar culpables de un accidente que nunca imaginaron ocurriría.

Los cadáveres fueron sacados de sus casas y llevados a la Comisaría para ser evaluados por el médico legista.