Raúl Mendoza Cánepa   / lamula.pe 

La experiencia es más aleccionadora que el cúmulo de libros leídos y puede ser más decepcionante en diversos ámbitos, desde el amor, a la literatura hasta la política. En todos ellos, la verdad no existe, es una ficción, es maleable al gusto y disgusto de la gente.

EJEMPLOS

El político repara un día que no tiene razón, pero sí afiliación, como la tienen de algún modo los periodistas y todo ser humano sea cual sea su campo de especialidad. Todos creen que sus afirmaciones son elaboradas desde la razón, pero, en realidad, en buena medida son las emociones y dilecciones afectivas las que nos gobiernan, cuando no el interés. El amor a la verdad como tal se quedó en aquellas plazas donde los antiguos griegos hurgaban en la realidad para encontrar la sustancia de las cosas…sin encontrarla. Quizás la verdad sea solo un compromiso de los filósofos, donde en buena parte (a tenor de un escrutinio profundo) solo expresaron sus razones, pero no la razón verdadera. Relecturas constantes y cotejos sucesivos de filósofos clásicos y modernos nos demuestran que la filosofía ha sido el arte de la especulación, la inquietud, el error y la invención.

Popper reclamaba la falsación incluso (o sobre todo) en la ciencia ¿Qué diremos de las ciencias sociales y la filosofía? La verdad siempre es acomodaticia. No solo es un constructo de nuestra historia bio psico social individual sino también un reflejo del momento mismo que se vive. Mi verdad hoy es distinta a la de años atrás y variará año a año o semana a semana conforme mis circunstancias y percepciones en entornos y emociones cambiantes. Las circunstancias determinan las emociones y son estas las que construyen finalmente (aunque enmascaradas en la razón) nuestra visión del mundo. El optimismo y el pesimismo no son posiciones fijas, firmes, ante la vida, son fenómenos del momento en que se está viviendo. El hombre, en la línea de Heráclito, es como el río, aquel donde uno jamás se baña dos veces.

En la interpretación o crítica literaria existen variedades de juicios, muchos de ellos inútiles por sesgados, tanto que lo único intelectualmente válido es la elaboración de reseñas que expliquen la obra en bruto y sin juicios de valor que son no más que apreciaciones inválidas por su origen subjetivo y generalmente discutible. La ventaja es que al crítico, a diferencia del lector común, los medios le dan la autoridad del juez. La crítica literaria es casi una arbitrariedad, como lo es el puesto ilegítimo que asume quien critica desde su alta silla. Finalmente, será el lector el que interprete por encima de un conjunto de jueces cuya opinión es, por lo general, variable y, por tanto confusa. La literatura va al lector, para bien o para mal, la intermediación solo favorece la buena o mala valoración, entrar con prejuicios a la cancha y creer, pese a la disonancia cognitiva, que el libro es bueno o malo por efecto de una falacia. La verdad no es el término correcto sino la credibilidad o relativa confiabilidad del crítico (puestas siempre en cuestión), fundadas en criterios erróneos, pues mucha de la crítica es esencialmente valorativa, tan gaseosa como el gusto por un color o una moda, tan provista de una terminología especializada que finge dar validez.

El amor también distorsiona la verdad. El sujeto que ama asume que el objeto de su amor es perfecto, lo idealiza, lo sobrevalora. Incluso, ve belleza donde no la hay, la construye, la celebra, padece sin razón sustancial. Niega lo que para otros es visible y moraliza en tanto asume virtudes que no existen sino en el propio deseo del sujeto. Cuando repara en hechos o dichos que cuestionan el valor del otro o la otra, tienden a no ver. El amor es ciego. El amor es “desear que el otro o la otra sea…”, pero no es una visión cabal de la realidad. Culminado el amor, la verdad asoma finalmente y el rostro bello deja de serlo y muchos de los defectos morales (entrecomille) salen a la luz, se reflexiona, se deduce, se perfilan conclusiones, se abre el espacio del ridículo frente a nuestro propio espejo.

La verdad en el hombre es siempre, como en alguna creencias sagradas o en sus contrarios, un producto del deseo o del miedo, de la arrogancia o la superstición. La ciencia misma ya no la posee, tanto que a nivel subatómico rige el caos y con él ( a partir de la física cuántica) nos gobierna la incertidumbre y la desazón. No sabemos, nunca sabemos, nunca sabremos. No en vano, Epicuro, muchos siglos atrás, simplificó todo y nos alertó que el único conocimiento válido era el que tocaba a la percepción, al gusto, es decir: al placer. Más placer, menos angustia por la verdad, mejor manera de no andar a tontas y a locas, perdiendo el tiempo.