Teresa Chara de los Rios
El 30 de marzo se ha cumplido un aniversario más del “Día Internacional de las Trabajadoras del hogar”. Fecha muy significativa que trata de llamar la atención para que valoremos el trabajo que realizan silenciosamente en nuestras casas, las trabajadoras del hogar, que hacen que nuestras vidas sean más fáciles en el día a día.

Las empleadas del hogar han sido históricamente marginadas, y han recibido muchos nombres o apelativos discriminatorios como “Natasha”, “muchacha”, “chola”, y otros.

Digo históricamente marginadas, porque desde que tengo uso de razón, he observado la forma cómo ellas han sido tratadas. Tenían que comer en la cocina, mientras la familia de empleadores lo hacía en el comedor; y si tenían comedor de diario en la cocina, ellas comían alejadas de esa mesa en un rincón de la cocina.

He sido testigo, cuando niña, que también le daban la comida sobrante del día anterior, mientras los empleadores lo hacían con la comida fresca del día. ¿A quién le daban el pan duro que sobraba de días anteriores? Pues no es muy difícil adivinar.

En una oportunidad, conversando con una viejita muy cariñosa, religiosa y devota de todos los santos, que no se perdía ni una misa, me decía en tono lastimero que, “las muchachas de ahora ya no son como las de antes”. Profundizando en la conversación, me comentaba que las “muchachas” de antes, eran muy trabajadoras, eran las primeras en levantarse y las últimas en acostarse. Trabajaban de lunes a domingo, no tenían descanso.

Recordemos que años atrás, en los hogares se cocinaba para el almuerzo, en la tarde se preparaba el lonche, y para la noche la cena, totalmente diferente a la del almuerzo. No había refrigeradora ni licuadora, todo se molía a batán. No se concebía comer la comida calentada del almuerzo, y los sobrantes de comida terminaban alimentando a los animales que se criaban en casa.

Las empleadas generalmente eran mujeres jóvenes provenientes de familias pobres que vivían en la sierra y venían a la ciudad a pedido de sus padres, quienes buscaban que sus hijas sean educadas y mantenidas por las familias de la ciudad. Por eso, ellas sin serlo, les llamaban respetuosamente “madrina o padrino”.

No les pagaban sueldo, les daban algunas propinas, y en versión de la viejita, esta propina la utilizabaN los domingos, para pagar su entrada al cine en función de matiné. Sólo tenía permiso los domingos y por dos horas, tiempo que duraba la función. Después tenía que correr para ir a preparar el lonche para toda la familia. Es decir, tenían el trato casi de esclavas, sin ningún derecho.

La promesa que hacían sus padres para que vayan a la escuela, casi nunca se cumplía. ¿Cómo iban a estudiar, si había tanto que hacer en casa? Recuerden que antes la ropa era confeccionada con tela de algodón o similares que requería plancharse después de lavar. No había planchas eléctricas, eran planchas a carbón. Las camisas tenían cuellos y puños almidonados. Debían ser unas artistas con manos expertas para no malograr ni quemar las camisas.

Pero allí no terminaba todo, las trabajadoras del hogar eran víctimas de abuso sexual dentro del hogar. Por allí no faltaba un empleador, un señor de apellido prestigioso o autoridad local, que abusaba sexualmente de la joven trabajadora, haciéndole promesas engañosas o haciendo uso de su poder. ¿A quién se podía quejar la joven? ¿Acaso no estábamos inmersos dentro de un contexto machista, donde ellas no valían nada?

Igual trato recibían de parte del hijo mayor. Los empleadores preferían que su hijo adolescente o joven, hiciera sus “pininos” con la empleada de la casa. Se preocupaban que no vaya a los prostíbulos para que no se contagie. Era una práctica inhumana, aceptada socialmente, que las trabajadoras del hogar cumplieran también esta función abusiva.

La situación se complicaba si la joven se enamoraba o salía embarazada. Era principalmente la madre del joven, quien la echaba a la calle, quedando desprotegida totalmente y sin ningún derecho a reclamar justicia y su bebé no reconocido y sin derecho a una pensión alimenticia.

Actualmente la situación de ellas ha cambiado, están más informadas, con mayor nivel educativo. Sin embargo, todavía reciben trato discriminatorio. Tenemos que trabajar más en eso, sobre todo las mujeres que siendo las empleadoras, debemos darles el trato de personas con derechos, entendiendo que ser empleadas del hogar debe ser una etapa en su vida y darles la oportunidad que puedan desarrollarse en otros campos. Es una tarea que nos compromete a tod@s.