Germán Vargas Farías

Aprendí a respetar un poco más a las instituciones militares cuando me tocó ser parte de una de ellas. Había cumplido 18 años, estudiaba Derecho en San Marcos y necesitaba obtener mi libreta electoral (cédula de identidad que antecedió al DNI). Hasta entonces, solo portaba mi boleta de inscripción militar.

Viajé por esa razón a Talara. Al llegar me dirigí a la Oficina de Registro Militar portando mis constancias de la universidad —suponiendo que podrían exonerarme del servicio militar por ser estudiante universitario— pero un rato después ya estaba sentado en la parte trasera de un camión portatropas rumbo a Lobitos, distrito donde se ubicaba el cuartel militar.

Ser soldado del Ejército Peruano fue una buena experiencia. Conocí a una comunidad cerrada, donde la obediencia era virtud capital y el pensamiento crítico reprobado, y donde se creía que la hombría y el valor se lograba maltratando y humillando a los reclutas.

Aunque era muy joven aún, uno de mis mayores recuerdos de aquél período es la sensación de pérdida de tiempo que me acompañó durante esos meses en el Ejército. Alguien debería calcular las horas hombre que se pierde en un cuartel entre la manía de la formación en fila o en columna para comer, lavar la gamela (que en el comedor universitario conocíamos como charola), hacer ejercicios, recibir instrucciones, hacer limpieza, usar el baño, o cualquier otra cosa que se le ocurriera al ‘superior jerárquico’, y la repetición de actividades como limpiar la cuadra ya impecable, hacer “ranas”, y lustrar tus ya brillantes botas, entre otras cosas, casi siempre absurdas.

Mi aprecio por el Ejército, y otros institutos armados, no tiene nada que ver con eso, claro está. Tampoco con el recelo con que se miraba a los civiles, y mucho menos con el machismo y misoginia que se exaltaba en los cuarteles. Aprendí a respetar al Ejército cuando conocí a soldados que, amando la institución, entendían que su razón de ser era asegurar la tranquilidad y seguridad en el país, y que ningún símbolo era más importante que respetar a las personas.

Por eso me agradó saber que el Ministerio de Defensa y el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables impulsaban el programa “Fuerza sin violencia”, y que un grupo de militares se pusieran mandiles rosados como un gesto contra los estereotipos de género en el marco de una estrategia para disminuir, o eliminar, la tolerancia frente a la violencia.

Por eso me parece absurdo y vergonzoso que se afirme que con la referida campaña se humilla al Ejército y se irrespeta el uniforme. Evidencia, por si hiciera falta, la ‘mala leche’ y lo mucho que hay que trabajar, no solo en los institutos armados, para reducir los prejuicios y estereotipos.

En ese contexto, es saludable que militares como el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Manuel Gómez de la Torre, haya participado entusiastamente en la campaña, y que El ministro de Defensa, José Huerta —quien falleciera recientemente— le haya expresado públicamente su respaldo, sin dejarse arredrar por tipos como Phillip Butters, los congresistas Tubino y Becerril y tantos otros que, como se ha recordado, no se indignaron cuando, salvo honrosas excepciones, todo el Estado Mayor del Ejército se sometió a Vladimiro Montesinos, o cuando un ex comandante general del Ejército, y congresista hasta hace poco, fugó cuando debía cumplir una condena por ladrón.

El uso de un mandil no denigra, tampoco el uso de prenda alguna del color que fuere; denigra la mentira, el robo, la desigualdad, el cinismo, la indiferencia frente a la violencia contra la mujer, la complacencia ante al crimen.

“Aprendí a respetar al Ejército cuando conocí a soldados que entendían que ningún símbolo era más importante que respetar a las personas”