Por Germán Vargas Farías

Acababa de ingresar a San Marcos, a inicios de los 80, cuando participé en un congreso o encuentro de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC).

Recuerdo que la conferencia inaugural estuvo a cargo del Padre Gustavo Gutiérrez. Era la primera vez que le escuchaba y, sentado allí a mis casi 18 años, me pareció importante todo lo que expuso, pero me impresionó, especialmente, que dijese que los cientos de estudiantes que estábamos allí, frente a él, éramos unos privilegiados en nuestro país.

Desde entonces, esa idea me acompañó siempre. No me había reconocido como privilegiado antes por mi condición de estudiante provinciano, usuario fiel del “burro” y la “muerte lenta” (bus y comedor universitario), e inquilino precario en varios distritos de la capital, incluyendo una temporada en el local del Centro Federado de Derecho; y porque mis primeros empleos en Lima fueron como operario de limpieza, y vendedor de marcianos en la Costa Verde y en la plaza San Martín.

Mi condición de privilegiado me la daba, entendí, ser estudiante universitario y tener, al menos, la alternativa de desayunar, almorzar y, cuando el tiempo lo permitía, cenar, pagando por cada comida algo así como 50 céntimos o un sol, de los de ahora.

Cuántas personas y, más específicamente, cuántos jóvenes tenían en los ochenta esa posibilidad en nuestro país. Creo que una minoría. Pero a veces estamos tan concentrados en nosotros mismos que no advertimos que, pese a nuestras carencias, hay un montón de gente que la pasa peor.

 

Decía que esa expresión del Padre Gutiérrez ante ese auditorio universitario me marcó, aunque seguramente no fue lo más importante de su disertación, y creo que fue una de las formas utilizadas por el destacado teólogo peruano para llamar la atención sobre la responsabilidad que nos correspondía a los estudiantes en un contexto de sobrevivencia, con millones de personas en extrema pobreza, realidad que contraría la dignidad humana, y las exigencias mismas del Evangelio.

Ese recuerdo ha estado muy presente en las últimas semanas por las tantas veces que he escuchado a personas en mi familia, y en otros grupos con quienes mantengo contacto, que dicen sentirse privilegiados porque pueden sobrellevar la emergencia sanitaria y la cuarentena pues cuentan con un ingreso familiar que les permite sustentarse.

Es decir, y aunque suene duro, no es preciso poder comprar ocho departamentos de lujo en Nueva York, en plena crisis provocada por la pandemia –como se sabe ha hecho una familia peruana- para que nos sintamos privilegiados. Basta a algunos no estar, por ejemplo, entre los aproximadamente 300 mil trabajadores comprendidas en las más de 5,200 solicitudes de empresas que, según el Ministerio de Trabajo, han solicitado acogerse a la suspensión perfecta de labores o, peor aún, entre las 700 mil personas que ya perdieron sus empleos.

Es cierto que la crisis afecta a todos, pero es cierto también que no a todos nos afecta igual.  Y mi reflexión ahora no pretende más que decirle a usted, y decirte a ti, que ciertamente hay inequidades y una desigualdad que debemos denunciar, que el ‘milagro económico‘ peruano lo fue solo para los afortunados de siempre, y que los pobres de ahora son los pobres de antes, y en palabras de Gustavo Gutiérrez, aquellos que “no tienen el derecho a tener derechos”.

Sin embargo, ser o sentirnos privilegiados debiera ser motivo para actuar solidariamente. Este momento es crucial para medir nuestra humanidad. Sea que se sustente en la mejor de las creencias o ideologías, al final todo puede reducirse a nuestra capacidad de dar, si acaso damos. O como aquellos que dan lo que les sobra, o como la viuda pobre de la Biblia que dio lo que tenía, para vivir.