Teresa Chara de los Rios
Recientemente en Cajamarca una joven madre de familia que se ganaba la vida vendiendo salchipapas en la calle, fue atacada por la expareja de su hermana. Hasta el momento que escribo este artículo no se sabe cual es la razón exacta. Pero lo hizo una persona cargada de odio, que no sabe controlar sus emociones y tiene sed de venganza.

Arrojar una sustancia inflamable o ácido contra el cuerpo de las mujeres representa imponerle un castigo que la marcará para toda su vida, si es que no la pierden como ya hemos visto. Desde la perspectiva del agresor, le genera placer saber que con su acción, le prolongará el sufrimiento a su víctima para que  nunca se olvide de él. En cambio sí termina con la vida de ella, también terminará con su sufrimiento y eso es lo que ellos no quieren. Tampoco les importa ir a la cárcel.

Las quieren desfiguradas, que queden ciegas o con discapacidad permanente producto de la agresión con ácido o combustible. Quieren anularlas como personas y que no tengan la posibilidad de ser atractivas para otros. Los agresores muestran sentimientos distorsionados  de posesión y pertenencia del cuerpo de la mujer. Si ese cuerpo no es de él, tampoco lo será de ningún otro, por eso lo quemo.

Para las víctimas, el suplicio comienza con el ácido o el combustible arrojado, pues tendrán que someterse a varias cirugías y medicinas costosas, muchas veces imposible de obtener.

Conseguir combustible es mucho más accesible y económico que un arma de fuego. Prender fuego después de arrojar combustible es fácil, pues no necesita sujetar a la víctima. Ella puede  estar a cierta distancia o de espaldas. Casi todas las agresiones que se han realizado en contra de las mujeres, las víctimas conocían al agresor o era su expareja.

Uno de los problemas que atraviesan las mujeres, previo a la agresión final, es el constante asedio de los maltratadores. Hay denuncias hechas y solicitudes de garantías, las cuales en la vida real, no asegura que el agresor se acerque a la víctima. Sugiero hacer una revisión para que estas medidas sean realmente efectivas, porque hasta ahora las garantías no han dado resultado.

La aspiración de todas las mujeres es vivir una vida libre de todas las formas de violencia. Sin embargo, esto sigue siendo una aspiración. No creo que la solución vaya sólo con elevar las penas o por que se eleven las barreras para adquirir combustible o ácidos.

Se necesita con urgencia, la construcción e implementación de las casas que alberguen a las mujeres agredidas y a sus hijos. Mientras no existan, ellas deberán volver a su hogar después de la denuncia, poniéndolas en situación de riesgo, porque lejos de la reflexión el agresor sentirá odio y venganza por la denuncia interpuesta.

Lejos de haber aprendido la lección, parecería que se ha incentivado imitar esta forma de violencia contra las mujeres, echándoles combustible o ácido.  De allí que el Estado en sus diversos niveles, tiene con urgencia, implementar políticas públicas presupuestadas y trabajar con especialistas, medios de comunicación y en redes sociales, para enfrentar este problema, abriendo espacios de diálogo y reflexión, para disminuir esta práctica cruel contra las mujeres.

Los espacios de diálogo y reflexión, también debe replicarse en los centros educativos y universidades. Es tiempo que estos centros de educación, cuenten con más de un especialista que sensibilice y promueva cambios de actitudes en los estudiantes. No es posible que los centros educativos cuenten, en el mejor de los casos, con un solo psicólogo.

Lo cierto es que nosotros como ciudadanos, también tenemos responsabilidad.  Si cada persona, desde el espacio en que nos desarrollemos, propiciamos la reflexión y rechazo a la violencia, y no sólo nos quedamos con comentar la noticia con matices de morbo, estaremos contribuyendo para que una mujer, que puede ser de nuestro entorno familiar o no, deje de ser tan cruelmente violentada.