Germán Vargas Farías

Claudia, Natalíe, hijas bellas, ¿leyeron sobre el caso de la periodista que denunció haber sido víctima de violencia física y psicológica?

Se llama Marissa Chiappe y dicen que el domingo publicó unos tuits contando que un colega suyo, con quien sostuvo una relación de pareja, la maltrataba física y psicológicamente.

Yo me enteré del asunto el lunes al final de la tarde, escuchando RPP mientras caminaba de regreso a casa. Cuando Renato Cisneros y Fernanda Kanno comentaron que Marissa Chiappe no había revelado el nombre de su agresor, y que estaba en su derecho, inmediatamente pensé que no tardaría en conocerse.

Y así fue, es más, ya para entonces bastante gente lo rumoreaba. El aludido era el periodista Luis Davelouis. Les cuento que yo leía sus columnas, y recuerdo que una vez nos apoyó como comentarista en un debate público pre electoral que organizamos un grupo de organizaciones de derechos humanos. Era, pues, un periodista progre o, al menos, eso parecía.

Los detalles del caso de Marissa y Luis pueden leerlos en internet. Hace un rato entré a la versión en línea de “Perú 21” y me encontré con la extensa carta escrita por Davelouis en su defensa. Soy inocente, dice. La he leído y puedo contarles que está bien redactada, que se nota que la ha pensado bastante rato, pero la impresión que me deja es la de un tipo inteligente, desesperado e incoherente que solo intenta hacer control de daños.

Dice, Davelouis, que no cree que Marissa esté mintiendo, pero lo que refiere enseguida la presenta como una mujer inconsciente, incapaz de darse cuenta del mal que hace, y añade detalles que la desacreditan, acusándola de atacar a su pequeña hija por haberse referido a su posterior pareja y madre de la niña. Algo así como “Marissa es buena pero algo tonta y hace las cosas mal”.

Dice, Davelouis, que se equivocó mucho pero jamás le engañó, ni la maltrató, ni la insultó. Tampoco tuvo la intención de hacerla sentir menos. Añade que si lo hizo no fue a propósito y le pide perdón. Lean ustedes mismas la carta, hijas preciosas, quizás tengan un parecer distinto al mío, pienso que vale la pena desentrañar lo que casos como estos ocultan.

Marissa cuenta que Davelouis le decía cosas como “tú qué sabes, si eres una mujer vana y eso no es un insulto es tu realidad”; “Cómo vas a manejar bien si eres mujer”; “cómo voy a comer esta porquería que has preparado”; “pobre tu hijo tenerte como madre”, y aunque desgraciadamente no es raro escuchar expresiones como esas, son extremadamente violentas y humillantes y sea quien sea quien las diga, por favor nunca las acepten.

Claudia, recordé el caso que me contaste, de tu indignación y dolor por tu amiga acechada, de las tantas veces que tú y otras compañeras hablaron con ella y de lo poco que escuchó, de sus miedos, sus angustias y del encierro instintivo que todo eso supone. Y las preguntas, ¿por qué soporta eso?, ¿por qué no se da cuenta que esa relación la está matando?, ¿en qué momento se olvidó de lo mucho que ella vale?

Si en algo estaban de acuerdo Marissa y Davelouis es que lo suyo era una relación tóxica, y entendemos como tales aquellas que te hacen sentir ansiosa, frustrada, culpable,  insatisfecha. Las causas pueden ser muchas y no surgen necesariamente con el inicio de la relación, pero debiéramos estar alertas apenas se adviertan las señales.

Hijas mías, si llegan a tener una pareja que pretende que le corresponde aprobar lo que ustedes piensan, sienten o les gusta, mándenlo a la mierda. Sí, ya sé que ni ustedes ni yo usamos esas palabras, pero creo que en este caso se justificaría. Vístanse como les dé la gana, luzcan el cabello como les plazca, y no acepten ni permitan que les miren mal. ¡Nunca!

Si esa pareja que aparenta ser tan galante, tan atento y … (me acordé de la canción) les dice que algunas de sus “viejas” amigas no valen la pena, o que nuestra familia tiene más defectos que la suya y por tanto mejor es tomar distancia, díganle con la amabilidad que nos caracteriza, a los y las Vargas, que se vayan a joder a otra parte.

Si son tan miserables que hasta se guardan las palabras y muestras de afecto, sacúdanse el polvo de sus sandalias y salgan rápidamente de allí. No son sitios ni personas que les merezcan.

Ya saben cuánto les amo, hijas mías, y las quiero dignas, ni agredidas ni agresoras, que historias como las de Marissa, Davelouis, y tantas otras y otros nos alerten. La violencia, la humillación, no son asuntos privados, y nadie debe conformarse con el desamor.