Germán Vargas Farías

Se dice que nuestras palabras nos definen, reflejan nuestro carácter y personalidad, y eso pareciera advertirse en ese chat denominado “La Botica” en el que un grupo de connotados fujimoristas coordinan, intercambian opiniones y esperan ser guiados para no apartarse del camino correcto trazado por esa mujer valiente, honrada, honesta, “pero sobre todo excelente ser humano” que, según Ana Herz de Vega, es Keiko Fujimori.

Ana Herz, o Ana Vega, es –seguramente ya lo saben- asesora de Keiko Fujimori, y una de las personas denunciada tiempo atrás por Kenji Fujimori por atentar, desde la sombra, contra la gobernabilidad del país, y la misma que fue señalada por el ex congresista fujimorista Alejandro Aguinaga como uno de los tumores enquistados en el fujimorismo. En uno y otro caso, el otro es Pier Figari.

Recuérdese, también, que la congresista Patricia Donayre, electa en la lista del fujimorismo del cual luego se apartó, llegó a decir que Ana Vega es a Keiko lo que Montesinos fue a Fujimori. Entonces, es como si Vladimiro Montesinos dijera que Alberto Fujimori es un excelente ser humano. Broma de mal gusto o tomadura de pelo, puede reírse si quiere.

El lenguaje que usamos refleja ciertos rasgos de nuestra personalidad. La baja autoestima, la sumisión y la dependencia se manifiesta en consultas del tipo: “presidenta, ¿aplaudimos al presidente, no?”, que Alejandra Aramayo hizo a Keiko Fujimori; o aquella otra expresión de Becerril: “Hoy a las 4:30 [de la tarde] Constitución, quiero saber cuál será la línea”, que enseguida intenta disimular señalando con crudeza su opinión “y que el gobierno se vaya al carajo con su referéndum”.

La inteligencia emocional puede advertirse a través de las palabras que usamos. Si esta es baja se expresará en insultos tipo “malnacido y traidor” que la congresista fujimorista Milagros Salazar le endilga al presidente Martín Vizcarra, o “conchán” que es como le llama Becerril al presidente. Ejemplos como estos hay muchísimos en el fujimorismo parlamentario, caracterizados por responder rápida y rudimentariamente,  sin más pretensión que la de complacer a su jefa, aunque eso evidencie su tosquedad.  La propia, y la de su lideresa.

Todas las personas tenemos un cerebro pensante y un cerebro emocional. Lo que el chat “La Botica” ha evidenciado es que la mayoría congresal, es decir fujimorista, ha renunciado hace rato a auto-regularse, y no les importa dejarse llevar por su cerebro emocional, perdiendo respetitivamente los estribos. Esto puede explicar la afección por la destrucción y la conflictividad, de una agrupación pilotada por una persona emocionalmente confusa y que, según Francesco Petrozzi, ya no “tiene la alegría de vivir”.

El altercado de ayer entre el presidente del Congreso, Daniel Salaverry, y la presidenta de la comisión Lava Jato, Rosa Bartra, que incluyeron los destemplados reclamos de Bartra, y la irritada respuesta de Salaverry: “usted puede gritar toda la mañana si quiere”, han mostrado –una vez más- los intersticios de un fujimorismo que zigzaguea entre la moderación y la brusquedad, con el único afán de sobrevivir, propósito que se revela cada vez más individual que grupal.

Y hemos visto al presidente del Congreso de la República queriendo conectar con la gente tal vez, gesticulando su hartazgo, ese que tenemos muchos hoy en nuestro país y del cual él también es  responsable. “Nos tienen hasta acá”, señor Salaverry.

«Un fujimorismo que zigzaguea entre la moderación y la brusquedad, con el único afán de sobrevivir»