Germán Vargas Farías

La matanza de 26 personas ocurrida el domingo en la Primera Iglesia Bautista de Sutherland Springs, es una de esas desgracias que consiguen doler e indignar más allá de la región o país donde acontecen.

Sucede así porque más personas, y en diversas latitudes, se identifican casi de inmediato con las víctimas, porque ocurren en espacios que muchos consideran sagrados, o por algunas otras circunstancias.

En el caso que refiero, “la tragedia se profundiza” -ha dicho el gobernador de Texas, Greg Abbott- “por el hecho de haber ocurrido en una iglesia, un lugar de adoración, y durante un oficio religioso”.

Además de ser la peor matanza registrada en la historia del estado, se trataría del más grave tiroteo que ocurre en una iglesia en la historia moderna de Estados Unidos, según Fox News.

La iglesia, es preciso señalarlo, no ha sido ni es un espacio libre de violencia y, aunque sea poco frecuente, es posible morir en la iglesia. En el Perú tenemos suficiente evidencia, y es importante que hagamos memoria.

El 1 de agosto de 1984, una patrulla de la Infantería de Marina irrumpió violentamente en la Iglesia Evangélica Presbiteriana de Callqui, en Huanta-Ayacucho, cuando se realizaba un culto, y sin mediar explicación sacaron a seis miembros de la iglesia a quienes asesinaron a pocos metros del templo.

En febrero de 1991,  un destacamento de Sendero Luminoso incursionó en la comunidad de Ccano, Ayacucho, ingresando al templo de la Iglesia Evangélica Pentecostal donde descargaron ráfagas de metralleta contra todas las personas que participaban en una vigilia de oración. Para que no quede duda sobre su intención, los senderistas remataron a golpes a los agonizantes, rociaron sus cuerpos y el local con gasolina, para finalmente proceder a prenderles fuego. Mataron a 36 personas entre niños, mujeres, jóvenes y ancianos.

Estos fueron algunos de los casos más emblemáticos en contra de la comunidad evangélica del país, pero hubo otros más.

Las causas de hechos tan terribles como el ocurrido hace pocos días en la iglesia bautista de Texas, así como contra iglesias cristianas durante el conflicto armado interno en el Perú, pueden ser diversas, pero tienen cosas en común.  En la matanza de Texas se ha descartado motivos raciales, religiosos o terroristas; en varias de las masacres en Perú parece que todo eso confluyera.

Y cuando Trump se niega a reconocer que tienen un problema muy grave en la falta de control y regulación en el uso de las armas de fuego, que va a seguir provocando muertes como las de Texas, y hace poco más de un mes en Nevada, no puedo dejar de recordar la incapacidad para comprender y enfrentar adecuadamente lo que enfrentábamos, de quienes gobernaron nuestro país en los ochenta y noventa. Muchas muertes se pudieron evitar, y hoy no debieran repetirse.

El clamor de diversos líderes cristianos y de otros sectores, en Estados Unidos, contra la violencia, contra el uso indiscriminado de armas, por la paz, y por la sanidad de toda la población y especialmente la que ha resultado afectada por la violencia, debiera traducirse en medidas concretas que franqueen los obstáculos que durante tantos años han levantado grupos de poder, para que las cosas sigan como están, poniendo en riesgo la vida e integridad de los estadounidenses.

Se puede morir en la iglesia, pero se puede también renacer desde allí. Muchos cristianos fueron capaces de demostrarlo en nuestro país en contexto de muerte y dolor, es tiempo de volver a hacerlo.

“En la matanza de Texas se ha descartado motivos raciales, religiosos o terroristas; en varias de las masacres en Perú parece que todo eso confluyera”.