Germán Vargas Farías

Uno de los lugares más interesantes que pude conocer en un reciente viaje a Brasil es el Museo de la Inmigración del Estado de São Paulo.

Sus inicios se remontan a 1887, cuando se fundó la Hospedería de Inmigrantes para acoger a personas que llegaron a Brasil a mediados del siglo XIX y XX. Lo que supe durante mi visita al lugar es que Brasil es uno de los países que ha recibido más inmigrantes, y que esto se debió a que durante aquellos años se implementó una política de “blanqueamiento” de su población, promoviendo especialmente la inmigración europea y tratando de desalentar la llegada de negros al país.

Un decreto del gobierno brasileño dado en 1945, decía sin ambages que, en la admisión de inmigrantes, se consideraba la necesidad de preservar y desarrollar, en la composición étnica de la población, las características más convenientes de su ascendencia europea.

Estas políticas basadas en creencias racistas sostenían, por ejemplo, que la raza podría “mejorarse” si se alentaba a los blancos a aparearse con los negros. Más de 5 millones y medio de inmigrantes europeos llegaron a Brasil entre 1821 y 1932, con la complacencia de las élites que asociaban el blanqueamiento a la modernización y que esta podría lograrse en tanto se alejaran de sus raíces negras e indígenas.

El gasto del Estado brasileño financiando y subsidiando el arribo de inmigrantes de Portugal, España, Italia, Alemania, entre otros países, fue considerable y tuvo la expectativa de mezclar y, eventualmente, hacer desaparecer a negros e indios, liquidando también su primitiva cultura.

Uno de los teóricos que promovió esa ideología fue Cândido Tavares Bastos quien expuso que la civilización y la búsqueda del progreso se lograría si se sustituía gradualmente a los negros, símbolo del atraso y la barbarie. El blanqueamiento era, entonces, indispensable.

Pensamientos como esos surgieron y se extendieron cuando se abolió la esclavitud y empezaba a emerger la vida republicana. Puede entenderse, creo, como una reacción que niega la ciudadanía del negro y lo excluye de cualquier propuesta política – económica que se oriente al progreso. El negro, simplemente, no cuenta, y son los blancos los únicos que pueden llevar el país hacia la civilización y el progreso.

Ideologías como esas siguen vigentes en Brasil, Perú, Latinoamérica y muchos otros países del mundo, y se manifiestan en la exclusión de vastos sectores de la población a quienes se les niega derechos y se les considera responsables del deterioro moral, social y político de la humanidad.

Antes se basaban en teorías que referían la supuesta superioridad de los blancos, hoy se sustentan en prejuicios disfrazados de religión y de valores morales. La pretensión de convertir sus obsesiones en políticas públicas es hoy el mayor riesgo para cualquier democracia que quiera ser genuinamente reconocida como tal.

Recorriendo el Museo de la Inmigración del Estado de São Paulo, tuve la ilusión de llegar a ver un día un lugar de memoria que narre los episodios presentes de odio y de exclusión, pero que también dé cuenta de la resistencia a los fundamentalismos religioso y de cualquier otro tipo, que nos libró de sus abusos, y provocó que el respeto escrupuloso por la dignidad de todas las personas fuera norma y realidad.

«Antes se basaban en teorías que referían la supuesta superioridad de los blancos, hoy se sustentan en prejuicios disfrazados de religión y de valores morales»