Germán Vargas Farías

No sé ustedes, pero no puedo negar la satisfacción que sentí el lunes cuando me enteré que el gobierno uruguayo negó a Alan García el asilo que solicitó. Escuché la noticia y de inmediato revisé mis grupos de WhatsApp y, cuando advertí que nadie había compartido la información, tuve el gusto de ser el primero en difundirla entre mis amigos y contactos.

Me alegré por muchos motivos, y los resumo. Porque creo que fue una justa decisión, porque el asilo no correspondía, porque García esta vez no pudo escapar, y porque parece que –como dijera el fiscal José Domingo Pérez antes que García se refugiara en la residencia del embajador de Uruguay- “ahora sí se le va a investigar como corresponde”.

Mi complacencia es, entonces, porque aquél personaje que durante más de tres décadas sus seguidores –e incluso no pocos de sus adversarios- pusieron por encima de los demás, se reveló, una vez más en realidad, como un cobarde y mentiroso, capaz de enredar a sus adeptos en una maraña ridícula de bufidos que no por decirlos con gesto adusto resultaban convincentes.

García, aquél que buscó refugio argumentando ser víctima de persecución política, ha sido desmentido ante la comunidad internacional por un gobierno serio y democrático que ha declarado lo que millones de peruanos y peruanas sabemos ya, que en Perú hay independencia de poderes, y que el Poder Judicial investiga a García no por consideraciones políticas, sino por presuntos delitos cometidos durante sus gestiones como gobernante.

Se analiza, desde que se conoció la decisión del gobierno de Uruguay, las implicancias jurídicas y políticas que tendrá, y las que se refieren con mayor insistencia son todas favorables para la democracia y el Estado de derecho en nuestro país. Desde el pronunciamiento vía Twitter del presidente Vizcarra: “En el Perú nadie tiene corona. Nuestra democracia garantiza la independencia de poderes y el debido proceso”, hasta lo que suele escucharse en la gente de a pie. Se pondera la oportunidad de la justicia, y que un sujeto sin escrúpulos, y por tantas décadas sobreestimado, rinda cuentas ahora sin escoltas ni padrinos.

Leo en la Biblia: “El Señor aborrece a los arrogantes” (Proverbios 16:5), y no puedo evitar pensar que la suerte de Alan García en los últimos días tiene que ver con eso. Como si Dios se hubiese hartado de un depredador que utilizó a mucha gente, a su partido, y que no titubeó en maldecir a su país las veces que supuso que esa era la forma de salirse con la suya.

Dije que las implicancias de la decisión del Ejecutivo uruguayo eran favorables en lo político como en lo jurídico para la democracia peruana, pero es cierto que también lo es éticamente. Mientras más inmorales son las personas menos conscientes estarán de su inmoralidad, y creo que la mejor forma de llamarles la atención es contestando y desaprobando su proceder.

Qué puede pasar ahora, me han preguntado unos amigos, y les respondo  que no sé, pero que hay algunas razones para ser optimistas. A comienzos de año no podíamos imaginar este escenario, y ver hoy personajes otrora poderosos y poderosas que inventan excusas o intentan escapar a la justicia, significa que el Perú ha cambiado. Ya no es ese lugar donde la administración de justicia solo inquietaba a los pobres, sino que ahora le temen los que siempre encontraron formas de servirse de ella. Entonces, no solo el asilo se le ha negado a las corruptos, sino la certidumbre de poder corromper y de envilecerlo todo impunemente.