Germán Vargas Farías

La noticia ha causado revuelo dentro y fuera de la iglesia católica. El papa Francisco ha ordenado eliminar el secreto pontificio en los casos de abusos a niños, niñas y adolescentes por parte de miembros del clero, medida que propiciará las pesquisas criminales abiertas en varios países del mundo.

Se responde así a una demanda de las víctimas de pederastia que han pugnado para que cese el alto grado de confidencialidad existente, lo que favorecía la impunidad de los criminales. El secreto pontificio se utilizó para proteger pedófilos, silenciar a las víctimas y perturbar las investigaciones.

Es preciso indicar que no se trata del secreto de confesión que se refiere a la facultad del clérigo para resguardar la información que una persona le entrega bajo el sacramento de la confesión, el cual sigue plenamente vigente. El secreto pontificio, que ha sido anulado resguarda el contenido de las investigaciones sobre las causas canónicas, y no será aplicable en las investigaciones por delitos sexuales.

Tal vez no logre satisfacer las expectativas de todas las víctimas, pero la decisión de Francisco deja sin un recurso efectivo a algunas autoridades eclesiásticas que se amparaban en el secreto pontificio para negarse a compartir información con las autoridades estatales o las víctimas. He ahí la importancia de la medida.

La eliminación del secreto pontificio refuta a quienes creían que el Papa había inflado las expectativas, y que no sería capaz de proponer y hacer un cambio realmente sustancial, pero, así como serán muchos los que saluden la medida, no son pocos los furiosos ortodoxos que seguirán tramando las formas de desandar lo avanzado.

Lo que está en juego no es un asunto que concierna solo a los católicos, ni la polémica debiera reducirse a un dilema teológico como algunos han pretendido. Los crímenes sexuales perpetrados contra miles de niños, niñas y adolescentes, en varios países del mundo, nos debiera interpelar a todos, y movilizarnos para que se investiguen, hasta lograr que se sancione a los clérigos pederastas, así como a sus encubridores.

La religión no puede ser coartada para el crimen, y no hay espacio sagrado ni santidad del sacramento si se complace con la impunidad. “Mejor le fuera si se le atase al cuello una piedra de molino, y se le lanzase en el mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos”, dijo Jesús de Nazareth, y estoy convencido que no apelaba a una metáfora para condenar los abusos contra la niñez, ni se refería solo a las niñas y niños de aquél tiempo.

La iglesia católica parece estar entendiéndolo, y hay otros signos que vale la pena resaltar. En nuestro país, el arzobispo de Lima, Carlos Castillo Mattasoglio se ha pronunciado con mucha firmeza respecto a las investigaciones que se siguen contra el grupo Sodalicio de Vida Cristiana y sus líderes por abusos psicológicos y sexuales contra niños y adolescentes.

“La Iglesia quiere evidentemente el esclarecimiento de todas las cosas, no vamos a esconder nada. Si hemos escondido en el pasado que pueda también aclararse y hacer las cuentas definitivas con una historia que no debió ocurrir, que probablemente por el peso que tenía la Iglesia, la costumbre, pero nosotros no podemos continuar con eso”, ha declarado el arzobispo.

Y se ha solidarizado con la periodista Paola Ugaz quien, con Pedro Salinas, ha hecho una gran contribución para que se descubran los crímenes de Sodalicio. Ha dicho el arzobispo de Lima: “Yo estoy muy preocupado por algunos cristianos que creen que en vez de esclarecerse las verdades que suceden en los problemas, que inclusive la propia Iglesia tiene, recurren a querer tapar la verdad. Sé que una periodista de gran importancia la están persiguiendo en este momento, Paola Ugaz, sí. Y creo que si esos cristianos creen realmente en el señor Jesucristo tienen que renunciar a eso”.

«La religión no puede ser coartada para el crimen, y no hay espacio sagrado ni santidad del sacramento si se complace con la impunidad»