Germán Vargas Farías

Es domingo de mañana, Día del Padre, salgo de casa, me detengo frente al quiosco de periódicos, reviso los titulares de los diarios y veo una hermosa foto en la portada de “Perú 21”.

Es Ricardo Morán Vargas, el famoso productor, empresario y conductor de televisión, cargando a dos bellos bebés: Catalina y Emiliano, que duermen apaciblemente en los brazos de su padre. Compro el diario.

“Papá valiente” es el título de la entrevista hecha por Cecilia Valenzuela, y pudo haberla rotulado, también, Papá amoroso, Papá bueno, o Gran Papá. “Siempre he querido ser papá” dice Ricardo, y recuerdo como en un momento de mi vida, adolescente aún, asumí, me di cuenta, que uno de mis mayores deseos, si no el principal, era ser papá.

Sé que actualmente hay quienes ponen en cuestión la existencia del instinto maternal, y no voy a ocuparme de ese tema en estas líneas. Yo debo decir, sin embargo, que el instinto paternal sí existe. No sé si todos lo tienen, pero sé de muchos que sí. Puedo llamarles a testificar si hiciera falta, pero allí están testimonios que, como el de Ricardo, son concluyentes.

La experiencia de la paternidad es emocionante, agradable, frustrante en ocasiones, dolorosa a veces, pero —para quienes optamos libre y voluntariamente por ella— nos hace felices. Ya he contado que llevo varios años facilitando talleres de disciplina positiva en la crianza cotidiana, y hasta hoy no he conocido ninguna persona que diga que ser mamá o papá es fácil.

No, no lo es, pero no es justo que para algunas personas sea más complicado aún. Es el caso de Ricardo, un buen ciudadano, trabajador, emprendedor, responsable, que ama a su país, paga sus impuestos y quiere hacer las cosas bien. Puede ser todo eso, además de un papá bueno y amoroso, pero para Ricardo muchas cosas serán más difíciles porque es gay. Y porque, como él dice, pertenece a un colectivo que no tiene los mismos derechos.

Ricardo Morán ha concebido a Catalina y Emiliano recurriendo a la gestación subrogada. Lo ha hecho en Estados Unidos cumpliendo todos los procedimientos médicos y legales. Ahora, ya en Perú, lo que quiere es que sus hijos sean reconocidos e inscritos como peruanos.

Los derechos no se discuten, y menos cuando se trata de niñas, niños y adolescentes. No importa si sus padres son rusos o chinos, si son budistas o testigos de jehová, si son fujimoristas o mulderistas, o si son negros, blancos o rojos. Los niños y niñas tienen derecho a una vida digna, a la identidad, y a tener un nivel de vida adecuado, sin distinción; y a los Estados les corresponde garantizarlos.

Siendo así, a los hijos de Ricardo Morán les corresponde la ciudadanía peruana, y no hay fundamento ético ni jurídico que lo impida.

Quienes insisten en negarle derechos a los demás apelan a prejuicios revestidos de un lenguaje más perverso que religioso. Y en nombre de un dios hecho a la medida de sus miserias, denigran, violentan y discriminan. Pero no se impondrán, porque no hay nada mayor y más importante que el amor, y porque –precisamente- para luchar por la justicia no hay mayor aliciente que el amor.

“La experiencia de la paternidad es emocionante, agradable, frustrante en ocasiones, dolorosa a veces”