Por Valentín Sánchez Daza

El paisaje empieza a iluminarse con el sol que se levanta entre los cerros. El cielo despejado, de un azul inmaculado, anuncia un día sin lluvias ni nubarrones. Las chacras parecen la paleta de un pintor: el amarillo del trigo, el verde de la papa, el morado de la kiwicha, el marrón de la tierra labrada. ¡Qué bella es la naturaleza!, exclamo, mientras la contemplo, absorto, respirando el aire puro y frío de la mañana y oyendo el canto de las aves y el ruido del riachuelo que desciende por la quebrada. Todo es bonito hasta que mis ojos se detienen en una casa que domina la salida del pueblo. Es una vivienda como cualquier otra de la sierra (tejas, tapia, animales y aperos en el patio) y lo que veo allí rompe mi embelesamiento, como si, de repente, recibiera una bofetada. Afeando el paisaje, distingo, grande y chillante, anacrónico y grosero, una pinta política en la pared principal de la casa.

Aunque sé que las pintas políticas son un recurso muy usado en el marquetin político, válido aquí y en otros lugares para mostrar el símbolo, el lema y el nombre de un candidato en el contexto de una campaña electoral. Su proliferación desmedida en nuestro paisaje parece reflejar los efectos perniciosos que suele tener la política, o la práctica de la mala política, en todo orden de cosas, principalmente en la naturaleza de la persona, sus relaciones y acciones. No se trata de una actividad envilecedora en sí misma, tampoco innecesaria (es la ciencia de la organización y gobierno de las sociedades, no lo olvidemos) y menos que carezca de notables exponentes, pero descontando a Valentín Paniagua, Fernando Belaúnde, Mario Vargas Llosa y algún otro más, su ejercicio, por lo general, como la Circe del Ulises, termina por convertir al ser humano en un cerdo.

A las relaciones humanas, o la amistad, o lo que debería ser la verdadera amistad, las ensombrece con un manto de sospecha y de intenciones despreciables. Recuerdo hace años cuando comencé a trabajar en una institución pública cuyo titular había llegado allí por elección popular. En los primeros meses, siendo un trabajador casi anónimo, pocos me saludaban, algo natural y lógico, pero al ascender y acceder al círculo cercano de la autoridad, al día siguiente todo el mundo me daba la mano y saludaba con efusividad y grandilocuencia, incluso, llegando a poner a mi disposición ríos de cerveza los fines de semana. Yo sabía que esos gestos no eran expresiones de amistad sincera, sino que eran el amor a los chicharrones y no al chancho que era yo. El juego de la adulación se había desatado en su sentido más falaz: alaba exagerada e interesadamente a una persona para conseguir su favor.

Pasa igual con las acciones, los actos, lo que uno hace cuando llega el momento de la verdad. Conozco a gente sana que, habiendo alcanzado un cargo, ha tenido que ceder a la demanda de trabajo que exigen aquellos que han portado pancartas y pegado gritos durante la campaña. Su proceder transparente y coherente, demostrado a lo largo de una trayectoria profesional intachable, se hace añicos a costa del clientelismo y el pago de favores políticos. ¿Es posible que alguien se mantenga limpio cuando incursione en el fango de la política o solo puede estarlo si se mantiene al margen y en la periferia? Casi imposible, porque de un modo u otro, directa e indirectamente, la política, o la mala práctica política, lo alcanzará y ensuciará, al igual que al paisaje que estoy viendo esta mañana, parado en un alto promontorio. Pocos quedarán inmunes en este escenario que requiere y despide deslealtades, hipocresías, mentiras, ruindades, traiciones, mezquindades. Levanto la vista al cielo. Este, súbitamente, ha comenzado a anublarse.

«¿Es posible que alguien se mantenga limpio cuando incursione en el fango de la política?»