Teresa Chara de los Rios

La palabra corrupción la escuchamos tantas veces, que ya forma parte de nuestras vidas. Gracias a la tecnología de la información, no nos sorprenden los audios y videos donde las empresas y funcionarios públicos, negocian recursos del Estado para favorecerse económicamente. Pobre Estado, pobre población.

Las obras públicas no solo terminan siendo construidas por el mismo grupo de empresas o personas que son favorecidas años tras años, por los diferentes gobiernos, sean nacional, regional o local, sino que terminan siendo obras que presentan deficiencias técnicas o en el peor de los casos, quedan inconclusas, burlándose de las expectativas de la población, que gestionó por mucho tiempo esa anhelada obra ya sea en su barrio o comunidad.

Hoy también somos testigos que las obras son sobrevaluadas bajo la modalidad de las famosas adendas, que sirven para actualizar las condiciones del contrato durante la ejecución del proyecto, llegando a costar muchas veces, hasta el doble de su valor original.

Y es que los recursos del Estado se ven como un botín, donde los que participan en las negociaciones, quieren tener la mayor parte del beneficio. Quienes manejan los recursos o tiene el poder de decisión, aprovechan sus momentos de gloria para lucrar con los recursos del Estado,

Los recursos públicos nos pertenecen a todos los peruanos, porque son recaudados a través del pago de tributos que realizan las personas o empresas que ejercen alguna actividad económica o prestan servicios. Mientras unos cumplen con pagar sus impuestos, otros buscan la forma de cómo apropiarse legalmente de ellos.

Estamos hartos de ver cómo estos recursos son mal gastados. La Contraloría General de la República no cuenta ni con la cantidad suficiente de profesionales, ni los recursos necesarios para auditar a todas las entidades del Estado. Esta limitante es conocida, de allí su aprovechamiento, pero lo más lamentable es que el gobierno sabiendo esta debilidad, continúe sin fortalecer a esta institución.

Hemos también visto en los medios cómo las malas autoridades alquilan departamentos para guardar el dinero mal habido. Los guardan en los roperos y cómodas. En medias y ropa interior. En zapatos y maletas. También utilizan testaferros y abren cuentas en los paraísos fiscales.

Estamos hartos de escuchar a los jóvenes que todas las autoridades son corruptas. Estamos preocupados de ver que los jóvenes estén cada vez más convencidos que no es necesario estudiar para triunfar, sino que se puede hacer a través de un cargo público clave o por medio de elección popular.

Estamos hartos de que todos los candidatos nos digan que cuando lleguen al poder, combatirán a la corrupción, sin embargo, una vez que están en la Gobernación Regional o Alcaldías, terminan siendo seducidos por el dinero fácil.

Somos los ciudadanos los que finalmente debemos tomar acción, pasando por comprender que cuando una obra es sobrevaluada, los únicos perjudicados somos nosotros y nuestros hijos.

Si los ciudadanos dejamos de ser indiferentes y nos comprometemos a ejercer nuestro rol fiscalizador para disminuir la corrupción, podríamos lograr que las autoridades se sientan intimidadas y dejen de ver los recursos públicos como propios.

Quejarnos no basta, debemos tomar acción, pero lo más importante, que la lucha contra la corrupción no sea solo un discurso de aspirantes a cargos en las próximas campañas electorales.