Teresa Chara de los Rios

¿Por qué las mujeres religiosas católicas no pueden celebrar las misas? ¿Por qué no hay más mujeres que trabajen como taxistas? ¿Por qué no podemos andar hasta tarde en las noches sin que nos sintamos intimidadas? ¿Por qué se maltratan o raptan a los niños? ¿Por qué hay explotación sexual? ¿Por qué se sigue matando a las mujeres? ¿Por qué tanto ensañamiento hasta el extremo de quemarlas vivas? ¿Por qué esto sólo nos pasa a las mujeres o niñas?  Son tan solo algunas preguntas que quedan sin respuestas.

El mundo está hecho para convivir pacíficamente hombres y mujeres, las posibilidades de superación debería ser igual para ambos, pero la vida misma nos enseña que no es así. ¿Quién inventó esas diferencias que subsisten a lo largo de la historia?

Antes se hablaba del hombre y debíamos asumir que se refería a los hombres y mujeres. Hoy en día hasta la Constitución ha cambiado y en su artículo primero, ya no menciona a “hombre” como generalidad de ambos sexos, sino incluye el término “persona humana”.

En qué lugar de la Biblia menciona que solo los sacerdotes deben celebrar las misas? Es una mala interpretación que se ha difundido por años, marcando superioridad de los sacerdotes frente a las religiosas.

Hay algunas actividades que nosotras no podemos realizarlas porque involucran más riesgos por ser mujeres. Por ejemplo, una de ellas,  manejar un taxi, hace más vulnerable a las mujeres, sobre todo si ésta actividad se realiza en las noches. En un país civilizado esto no sería un problema.

Los niños y niñas son personas frágiles que nos merecen respeto y generan sentimientos de ternura y responsabilidad. Sin embargo en nuestro país existe la trata de personas, el negocio de compra y venta de niños. Eso lo sabe la Policía. Sin embargo es un negocio sucio rentable, que cada día se incrementa, despojando a los niños de la seguridad de su hogar y el cariño de sus padres.

Recientemente hemos observado en los medios de comunicación como una niña de dos años, fue robada cuando juagaba cerca de su casa. Gracias a la llamada de una vecina se pudo dar con ella. El estado en que se encontraba era lamentable. La escena fue tan espantosa que hasta la mujer policía que la destapó, no pudo contener el llanto por el horror de lo que veía.

Cuántos de nosotros que observamos de cerca a una niña o niño que aparece en la casa vecina, o niños que lloran permanentemente sin aparente justificación, o de pronto en nuestro barrio  observamos presencia de personas que nos indican que algo anormal está sucediendo. Si nos atreviéramos a denunciar, si fuéramos menos indiferentes, cuántas personas se salvarían de las garras de malhechores.

Qué tan válido es pedir garantías ante un agresor?  Muchas mujeres que viven relaciones conflictivas, son agredidas permanentemente. Venciendo sus comprensibles temores, presentan su denuncia y en algunas oportunidades la propia policía las humilla y no quieren asentar sus denuncias. Superado esto, piden garantías, pero qué tan efectivas son esas garantías. ¿Quién hace cumplir las medidas de protección? Nadie. La víctima queda mucho más expuesta, a tal extremo que el agresor acaba con su vida en venganza de la denuncia.

Los ejemplos que mencioné al iniciar este artículo, son problemas relacionados al género y el gobierno no puede negarlo. Lo cierto es que tenemos que ir cambiando los roles que se le asigna a los hombres y  las mujeres, y que el tema de género no es diabólico ni extraterrestre.

El Estado, en todas sus instancias, debe trabajar arduamente en implementar estrategias teniendo como eje central a la persona humana, en relaciones equitativas entre hombres y mujeres de respeto, condiciones y oportunidades, respetando las diferencias, y sólo así podremos ir superando las cifras de violencia hacia las mujeres y las niñas. Pero lo más importante, es que todos nosotros dejemos de ser indiferentes y preocuparnos por cambiar esta realidad que nos golpea , de lo contrario, nunca cambiará.