Mg. Lilian M. Mendoza Pozo

Lo que los hijos aprenden los primeros cinco años de su vida, queda grabado profundamente porque se adquiere en una etapa del desarrollo que está estrictamente vinculada a las necesidades afectivas. Encontrar el punto medio para criar a un niño no es fácil. La disciplina demasiado severa y rígida no permite la independencia y atenta contra la creatividad, en tanto que la falta absoluta de límites puede acarrear todavía peores consecuencias.

Por ello la psicología se ha preocupado mucho de cómo educar a nuestros hijos de forma que se conviertan en las personas que deben ser; felices, conscientes de sí mismos, respetuosos, motivados e independientes.

Entonces premio o castigo ¿Cuál es la estrategia más efectiva?

Los premios son estímulos que se utilizan para que nuestros hijos tengan comportamientos positivos, estos pueden ser: ver la tele, darle una propina, llevarlo de paseo, abrazos, elogios, entre otros.  Dar a un niño un abrazo cuando termina sus deberes escolares o ver su programa favorito cuando ordene su habitación, darle un beso cuando hace un mandado sin renegar, serían ejemplos del uso de un premio. Los premios que más motivan y que mantienen las conductas más tiempo son los elogios, la atención, el cariño y el afecto, la preocupación por sus cosas ya que ellos fortalecen su autoestima y una autoestima fortalecida es un eje para el desarrollo personal: favorece el aprendizaje, propicia las relaciones sociales; el niño se siente aceptado como es, aprende a asumir sus errores y, posteriormente, es capaz de mejorar y convertirlos en virtudes.

Por otro lado la psicología se ha preocupado mucho por el mal uso y abuso que se hace del castigo, ya que ellos traen serias consecuencias y propicia problemas en niños y adolescentes. El castigo, la reprimenda sea física o verbal en apariencia se asocia a un buen comportamiento, ya que en el momento el niño deja de hacerlo por el temor, el miedo que genera pero a largo plazo pueden incrementar las propias conductas (desobediencia, agresión, o mal comportamiento) que los padres desean corregir. En cualquier caso castigar a un niño no es la mejor manera de educarlo. Mediante el castigo, pese a que mal comportamiento no se presenta (en una circunstancia dada), la raíz del problema no se soluciona y son muchos los niños que, pese a haber sido castigados por un mal comportamiento, siguen haciéndola cuando pueden o cuando creen no ser vistos.

Es necesario recordar que los efectos del castigo son momentáneos. El castigo no provoca el desaprendizaje del comportamiento que se desea modificar ni ofrece una alternativa más adecuada y ello hace que la conducta tienda a repetirse, por lo tanto no educa. Los padres debemos tener una idea realista y clara de cómo es nuestro hijo y aceptarlo como es. Corregirle, educarle y actuar con amor y firmeza es fundamental.