Por Germán Vargas Farías

En el día de las madres, el domingo 10 de mayo, apareció publicado en el diario oficial “El Peruano” el decreto supremo señalando las reglas que papás y mamás debían cumplir si decidían sacar a sus hijos menores de 14 años a las calles.

Habían transcurrido once días después del anuncio hecho por el presidente de la República, y 56 días de haberse decretado el confinamiento. La autorización empezaría a regir desde el lunes 18 de mayo.

Llegó el día, y como ha sucedido ya tratándose de medidas importantes en el contexto del COVID-19, hubo cierto desconcierto en su implementación. El gobierno, cuya buena voluntad no pondré en duda, contribuyó en parte a ello pues emitió recién en la víspera una alerta sanitaria que, entre otras disposiciones, dejó fuera del alcance de la norma a nueve regiones del país, más la provincia del Callao, y a 20 distritos de Lima metropolitana, los más populosos entre ellos.

Adrede he hecho referencia a tiempos y fechas exactas, porque creo que se pudo ser más oportuno en la emisión de la alerta sanitaria y, atendiendo recomendaciones que se hicieron desde diversas instituciones, y coordinando efectivamente con los gobiernos regionales y locales, empezar a generar una acción concertada de todos los sectores que trascienda la medida, y se enfoque en la protección de las niñas, niños y adolescentes, y en garantizar sus derechos.

El presidente Vizcarra dijo, en su disertación del 29 de abril, querer “conversar con todos los niños del Perú”, y en sus manos está. Una posibilidad es acoger la recomendación de la Defensoría del Pueblo de implementar una línea telefónica de atención y plataforma participativa dirigidas a niñas, niños y adolescentes para atender y recoger sus necesidades, experiencias y preocupaciones ante el estado de emergencia.

La crisis actual, con toda la gravedad que implica, es también una oportunidad para hacer pedagogía ciudadana creando o fortaleciendo mecanismos de participación de la niñez y adolescencia. Las organizaciones de niñas, niños y adolescencias podrían ser aliadas estupendas para cualquier iniciativa que procure espacios seguros, además de relaciones más justas y dignas para todas y todos.

Me referiré ahora a los primeros dos días de salida de las niñas y los niños, después de 65 de encierro, para celebrar que haya habido algunos y algunas que tuvieron la oportunidad de respirar y caminar fuera de casa. Reparos puede haber muchos, y está bien señalarlos, pero ninguno que objete lo bueno y agradable que es ver a niñas y niños contentos por las calles de la ciudad.

Es obligación del Estado ofrecerles a todos los niños y niñas lo mismo, y es ese un desafío que concierne también a toda la sociedad. Quedan muchas cosas pendientes, sin duda, pero sería mejor que las reclamemos con disposición para comprometernos en su atención.

Salir a la calle con las restricciones establecidas no es lo ideal, quedarse en casa con tantas limitaciones mucho menos, no desdeñemos sin embargo la chance de ejercitar nuestra imaginación incorporándola como un elemento que puede jugar, recrear, e incluso transformar la realidad.

“En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento.” En algo así quizás pensaba Albert Einstein, cuando lo dijo.